Cada cierto tiempo, Turquía amenaza con abrir sus fronteras a los millones refugiados sirios que alberga en su territorio para que se dirijan a la Unión Europa. Es una manera de presionar a Bruselas, a la que ya ha sacado mucho dinero por este procedimiento. Pero desde el 2015 esas amenazas no se cumplen, porque a Ankara no le interesa de momento romper su acuerdo económico con la UE. Es el caso del episodio de esta semana: unos pocos centenares de refugiados -en su mayoría marroquíes y pakistaníes, no sirios- a los que se facilitó el viaje hasta la frontera búlgara, pero que al final no lograron pasar.
Es lógico que Turquía se aproveche de la indecisión de los europeos a la hora de relajar sus normativas de fronteras o aplicarlas de manera estricta. Pero los turcos piden ahora algo que Europa no puede darles: frenar la ofensiva gubernamental y rusa en el enclave sirio de Idlib, donde tienen su último bastión los grupos islamistas que los turcos han puesto bajo su protección. De hecho, Turquía tiene mejores relaciones con Rusia que la UE. Si bien es cierto que la naturaleza de esas relaciones es compleja, porque Moscú y Ankara son a la vez aliados y enemigos. Tienen intereses coincidentes: llenar el vacío que ha dejado Estados Unidos en Oriente Medio, pero todavía no han conseguido delimitar con claridad las áreas de influencia de cada uno, y de ahí la parte conflictiva.
No es la única contradicción de los turcos. Ankara se queja de que ha tenido que acoger en su territorio a casi cuatro millones de refugiados sirios. Pero, a parte de que es el país contiguo, el hecho es que Turquía tiene un cierto grado de responsabilidad en la crisis humanitaria siria: ha alimentado la guerra civil, llegando a apoyar incluso al Estado Islámico en algún momento con el fin de prolongarla todo lo posible. El problema para Erdogan es que la jugada le ha salido mal. Su apuesta era que la dictadura de Bashar al-Asad caería y sería reemplazada por un régimen islamista pro-turco, lo que habría dado a Ankara una ventaja geoestratégica en Oriente Medio, pero se equivocó.
Últimamente, Erdogan parecía contentarse con impedir que surgiese un estado kurdo en Siria, que es lo que le había garantizado Putin. Pero el presidente turco, siempre dado a los cambios de opinión, quiere ahora además mantener bajo su control la región siria de Idlib. Los rusos le han hecho ver que no puede ser, a su manera, bombardeando a las fuerzas turcas sobre el terreno. La reacción de Turquía ha sido aumentar su apoyo a los yihadistas de Idlib, que han podido lanzar una contraofensiva exitosa. Su intención es forzar a Moscú a renegociar el estatus de Idlib, pero parece difícil. En cuanto a los refugiados, una vez termine la guerra, Erdogan no va a tener más remedio que pactar también con al-Asad una fórmula para su repatriación, al menos parcial, aunque también querrá enviar a una parte a Europa. Y quizás sea esa otra razón por la que los turcos han querido poner otra vez el foco en este problema.