El fin de la revolución de Rojava

El pacto Putin-Erdogan pone fin al proyecto de una autonomía democrática y laica de kurdos, árabes y asirios en los tres cantones del norte de Siria

Milicianas de las fuerzas kurdas portan banderas del Kurdistan sirio o  Rojava
Milicianas de las fuerzas kurdas portan banderas del Kurdistan sirio o Rojava

Beirut / E. La Voz

«Rojava era un proyecto único». Soulnar Mohamed, residente de Al Malika, en el norte de Siria, conjuga en pretérito el autogobierno de los tres cantones kurdos del norte de Siria. Tras el acuerdo de Vladimir Putin y Recep Tayip Erdogan, que dio el visto bueno a la ocupación turca y las patrullas rusas, la joven kurda ve desvanecerse el sueño del Kurdistán autónomo en el nordeste de Siria.

Rojava nació del caos. Aprovechando el vacío de poder en el inicio de la guerra en Siria, los kurdos lanzaron un proyecto de autogobierno en el 2012. Al tiempo que luchaban cuerpo a cuerpo contra el Frente al Nusra, exfilial de Al Qaida, y luego con el Estado Islámico, los kurdos, junto con árabes y asirios, sentaron las bases de un proyecto revolucionario y secular. En el 2015 se declaró oficialmente la Administración Autónoma del Nordeste de Siria

Rojava era «un espacio seguro, un espacio de libertad donde la gente podía expresar su religión y opiniones de manera libre», recuerda Soulnar. Fadiye, copresidenta de consejo municipal de Sere Kaniye (Ras al Ain, en árabe), enfatiza la igualdad de género: «La palabra del hombre no estaba por encima de la de la mujer, el patriarcado nos ha llevado a muchas guerras, las mujeres tenemos más inteligencia emocional, nuestra naturaleza esta más cercana a la paz».

Este enfoque libertario, que bebe de las ideas del anarquista Murray Bookchin, atrajo a centenares de brigadistas internacionales, entre ellos el barcelonés Rok Brossa. «Ese modelo social nuevo es una inspiración para movimientos sociales de todo el mundo, está basado en la igualdad de genero, ecología social y el municipalismo libertario», cuenta por teléfono desde Qamishli. Guiado por el «espíritu internacionalista de lo que vivimos en la España del 36» y la «solidaridad entre pueblos», Rok viajó al norte de Siria en el 2017 para apoyar la revolución. Desde entonces ha participado en proyectos ecológicos: un vivero, reforestación, reciclaje de aguas o paneles solares.

Este mes, tras la ofensiva turca, pasó a ser voluntario en los hospitales y testigo del éxodo de los pueblos fronterizos. «Hemos visto muchos pueblos abandonados de gente que huye de las bombas del Ejercito turco y sus aliados islamistas».

El presidente turco ha justificado el establecimiento de una «zona segura» en el norte de siria para realojar a un millón de refugiados sirios que viven en Turquía. Pero a Fadiye, y a otros 200.000 kurdos, los ha desalojado de sus hogares. La casa de Fadiye se encuentra en la zona que Putin ha cedido a Erdogan, en Ras al Ain. Hace casi tres semanas que esta madre de 47 años huyó con sus dos hijos a Al Hasaka, desde donde denuncia que las oenegés internacionales aún no han accedido y las locales no dan abasto. «Es inhumano», resume.

Respecto al acuerdo Erdogan-Putin, Fadiye afirma que es «un primer paso para sentarnos a dialogar, los kurdos no queremos la guerra». Pero avisa: «La zona segura tiene que estar bajo supervisión internacional, no aceptamos estar bajo supervisión turca». Promete seguir luchando hasta que pueda volver a su casa.

De su hogar la separan 80 kilómetros y una sucesión de bandazos diplomáticos: la retirada de las tropas estadounidenses, la ofensiva turca, la alianza de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) con Damasco y Rusia, y finalmente, el acuerdo entre Putin y Erdogan.

Desde Tal Tamer, Shamoun Kako, responsable del Partido Democrático Asirio, denuncia que a pesar del alto el fuego anunciado, las milicias apoyadas por Erdogan «están ocupando 3 o 4 pueblos cada día, la gente está siendo expulsada», extremo que confirman desde el Centro de Información de Rojava. «Rusia, EE.UU., Turquía e incluso Irán, todos están de acuerdo en que Rojava no continúe su camino, son más fuertes que nosotros», concluye Shamoun.

 ¿Es el fin?

Soulnar se resigna a que las FDS se integren en el Ejército sirio -opción que está sobre la mesa- pero espera conservar la autonomía de su administración. «Queremos autogobernarnos, que no sea alguien elegido a dedo por Damasco», explica.

Fadiye, parte activa de la Administración kurda, asegura: «Si el proyecto de Rojava como administración acaba, bueno, nuestros valores de igualdad, democracia y respeto entre religiones, entre hombres y mujeres seguirán, la semilla ya está plantada».

Rok, quien no se plantea dejar el norte de Siria, es más optimista: «No es el final de Rojava, la voluntad de construir un modelo social distinto sigue presente en la sociedad, aquí seguiré».

El analista del German Marshall Fund, Nicholas Danforth, sí que dice que estamos ante el fin de Rojava, pero no ante el fin de «las aspiraciones kurdas de autonomía en la región». Dandforth explica que Erdogan ha conseguido frenar la autonomía kurda y que EE.UU. termine su apoyo a las FDS, pero «con un gran coste» en las relaciones de Ankara y Washington. «Turquía está implementando una política exterior basada en enfrentar a Rusia y Estados Unidos, pero llegado a cierto punto la ira estadounidense lo hará imposible». Y apunta que el vencedor es Putin, ya que «la permanencia de Turquía en el norte de siria depende de Moscú», que con el tiempo presionará para que Bachar al Asad tome el control de la zona.

Esto devolvería a los kurdos bajo el yugo de la dinastía de los Asad, que durante décadas ha reprimido política y culturalmente a los kurdos, según informes de Human Rights Watch, llegando incluso a prohibir las celebraciones de su año nuevo, Nowruz.

Los kurdos, tras hacer caer al califato del Estado Islámico, han visto que ya no resultan útiles en la geoestrategia de las grandes potencias. No es la primera vez que les traicionan. Tras la Primera Guerra Mundial, las potencias aliadas olvidaron su promesa de establecer un Estado propio para los kurdos dispersados por varios países. Desde entonces entre 25 y 35 millones de kurdos repartidos entre Siria, Turquía, Irak o Irán han visto fracasar sus aspiraciones de autonomía.

«Los kurdos no tienen más amigos que las montañas», dice el refrán. Y esto, se conjuga en presente.

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