El fin del sueño de Rojava


El nombre en clave de la invasión turca del Kurdistán sirio es «Primavera de paz». Obviamente, ni estamos en primavera ni esto tiene demasiado que ver con la paz, así que uno ya se hace una idea. Los turcos ya se apoderaron en su momento del cantón kurdo de Afrin. Ahora se asegurarán de liquidar toda posibilidad de un Estado kurdo independiente en su frontera, creando una franja de seguridad de 30 kilómetros de profundidad. No es mucho, pero contiene casi todo el trazado de la autovía M4, lo que les dará el control táctico de todo el norte de Siria.

Para los kurdos es una tragedia. Para los turcos es pura lógica y, en ningún caso, es una sorpresa. Como tampoco lo es que Estados Unidos haya dado luz verde a la invasión y haya dejado vendidos a los kurdos, sus aliados durante años en la lucha contra el Estado Islámico. Hablar de cinismo tiene poco sentido cuando todos sabían que iba a ser así. Lo que no se entiende fácilmente es cómo los líderes kurdosirios pueden haber sido tan ingenuos o tan ambiciosos, o las dos cosas. Fue una buena idea colaborar con Estados Unidos en la lucha contra el Estado Islámico, porque esto favorecía a ambos. Pero era evidente que Washington no iba a apoyar la independencia kurda a costa de su propia alianza con Turquía. Los kurdos tendrían que haberse anticipado y abandonar ellos a los norteamericanos para buscar una alianza de conveniencia con Bachar Al Asad. A lo largo de estos años de guerra, hubo muchos momentos en los que el dictador, debilitado, hubiese podido comprometerse a un estatuto de autonomía, incluso un estado federal.

Pero hay algo tozudo y utópico en los kurdos de Siria que contrasta con el pragmatismo conservador de sus hermanos los kurdos iraquíes, que sí han sabido aprovechar sus oportunidades. Ellos se apoyaron primero en los norteamericanos para lograr su autonomía, pero tuvieron el buen juicio de no romper amarras con Irak, y siguieron haciendo política dentro del sistema, consolidando poco a poco su soberanía. No se han convertido en un país independiente, pero les dejan en paz. Los kurdos sirios, en cambio, han fantaseado con su idealizada Rojava, una república comunista y nacionalista, anacrónica ideológicamente y con unas ambiciones territoriales excesivas, un proyecto nada realista en una vecindad tan tensa como Oriente Medio, donde las fuerzas que determinan los acontecimientos son demasiado poderosas para ignorarlas sin más.

De momento, los guerrilleros kurdos están dando la batalla. Pero en un terreno tan llano están a merced de los blindados turcos. Aunque pueden hacer mucho daño a Ankara con su guerra de guerrillas, la pérdida de localidades claves pondrá fin a su proyecto autónomo. Su próxima oportunidad llegará cuando el Gobierno de Siria termine su guerra con los yihadistas -es cuestión de meses-. Entonces puede que Ankara se vea obligada a evacuar la zona de seguridad. Los kurdos se librarían de los turcos y quizás Al Asad, por temor a más problemas, les haga alguna concesión. Pero son demasiados futuribles.

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