El afán reformista de Macron se queda a medias

La revuelta de los chalecos amarillos paraliza la revolución prometida por el presidente

Manifestación de chalecos amarillos, el pasado abril, en las calles de París
Manifestación de chalecos amarillos, el pasado abril, en las calles de París

París / e. la voz

Emmanuel Macron llegó a la presidencia de la República francesa prometiendo una «revolución» -así tituló el libro que presentó en la campaña electoral, convencido de que los franceses estaban «preparados para reinventar el país»-.

Han pasado dos años y la máquina se ha atascado. A la revolución emprendida por Macron a través de las reformas le ha sucedido una contrarrevolución en la calle, la de los «chalecos amarillos». 

Escasa experiencia

Asalto a la presidencia sin una estructura partidaria detrás. El nuevo presidente de la República asumió el poder el 14 de mayo del 2017, después de que los franceses decidieran entregar las riendas del país a un joven con pocos años de experiencia política y, sobre todo, sin ningún partido convencional que le avalase con su estructura. Cinco semanas después llegó la segunda revolución: el 75 % de la Asamblea Nacional presentaba un nuevo rostro, el número de mujeres se duplicó, la media de edad bajo 6 años y, sobre todo, los partidos tradicionales se hundieron. Macron se encontró con que tenía las manos libres para gobernar. 

Las primeras reformas

Más flexibilidad a las empresas. Su plan de trabajo comenzó con el diseño y puesta en marcha de toda una serie de reformas. La primera fue la reforma del código del trabajo, que se hizo a base de ordenanzas. Tras ofrecer más flexibilidad a las empresas, en el otoño del 2017 llegó el momento de dar más protección a los trabajadores con la reforma del seguro del paro y la de la formación profesional y aprendizaje. 

 Un tanto de Macron

La transformación de la empresa púbica de ferrocarriles que nadie quiso hacer. Un año después de ser elegido, Macron podía vanagloriarse de haber reformado la SNCF, la empresa pública de ferrocarriles, que ningún presidente se había atrevido a tocar hasta entonces por miedo a la respuesta de los sindicatos. De hecho, esta llegó con tres meses de huelga intermitente, que no sirvieron para doblegar la voluntad del presidente de la República, convencido de que necesitaba dar a la SNCF las «armas» necesarias para hacer frente a la liberación que preconizaba Bruselas. Otras reformas de calado fueron la de la Educación nacional, y la práctica desaparición del impuesto sobre el patrimonio. 

Primeras nubes negras

Un colaborador del Elíseo golpea a un manifestante del 1 de mayo. Pero, el 18 de junio del 2018, la locomotora Macron sufrió un gran frenazo. El diario Le Monde reveló que un colaborador del Elíseo, Alexandre Benalla, había sido identificado golpeando a un manifestante del 1 de mayo en París. La presidencia lo sabía y debía haber informado a la fiscalía. Pero el responsable de seguridad de Macron solo fue castigado con una suspensión de 15 días y no se informó a la fiscalía, como indica la ley. Viendo que las críticas no se calmaban, el presidente de la República tomó la palabra en público buscando la provocación: «El único responsable soy yo… Que vengan a buscarme». 

Nuevo movimiento

Los «chalecos amarillos». Y le buscaron. Primero desde las redes sociales, y luego en la calle, vestidos con los chalecos amarillos reglamentarios que todo ciudadano guarda en su coche. La chispa fue una petición para organizar un bloqueo nacional de carreteras contra la subida del precio de la gasolina. El Gobierno comenzó diciendo que no cedería, pero tras un mes de violentas protestas, anunció que se anulaba la subida del precio de la gasolina. Sin embargo, era demasiado tarde, las exigencias habían aumentado. 

«Gran debate nacional»

Medidas sociales para apaciguar las protestas. El 10 de diciembre, Emmanuel Macron intentó en vano apagar la contestación con una serie de medidas para favorecer las pensiones y los salarios más bajos, pero, al mismo tiempo, tuvo una idea que le permitió imponer su presencia: un «gran debate nacional» sobre la transición ecológica, la fiscalidad, la democracia, la organización del Estado y los servicios públicos. Para Macron fue una forma de volver a vivir una campaña. Los resultados están todavía por llegar.  

Cuentas pendientes

Falta de credibilidad y abandono de la clase media. En estos tres años que tiene por delante, el presidente francés está obligado a restaurar su credibilidad y su autoridad, que se ha visto dañada en este medio año de contestaciones en manos de personas que buscan acabar con las instituciones. Sin olvidar a las clases medias, que se sienten abandonadas, para lo cual deberá hacer equilibrios entre una serie de medidas fiscales y la forma de financiarlas sin caer en un aumento del déficit y la deuda pública. 

26 de mayo

Una cita vital con las urnas. Emmanuel Macron necesita ahora ganar las elecciones europeas del 26 de mayo, demostrar que su oferta es más atractiva que la de la extrema derecha, que le va pisando los talones. Será también el momento de relanzar el proyecto europeo, y convencer a la canciller alemana de que « la diferencia de mentalidades» y «la diferencia en cuanto a la interpretación de nuestros papeles respectivos», como ha dicho recientemente Angela Merkel, no pueden ser obstáculo para limar diferencias frente a cuestiones complejas como el brexit, las negociaciones comerciales con los Estados Unidos o los futuros nombramientos en los puestos clave en las instituciones de la Unión Europea. 

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
0 votos
Comentarios

El afán reformista de Macron se queda a medias