La dama de titanio, abollada

Hija única de un vicario de Eastbourne, tiene fama de tozuda y conservadora. También de un nulo instinto político


REDACCIÓN / LA VOZ

«Soy una mujer jodidamente difícil», se autodefinía Theresa Mary May, de soltera Brasier, en una de sus múltiples peleas por el liderazgo tory, partido en el que milita desde antes de entrar en Oxford para estudiar Geografía. «Tiene los cojones de acero», elogiaba ayer a modo de apoyo la líder conservadora de Escocia, Ruth Davidson, escribiendo el primer sustantivo en perfecto castellano.

El listado de adjetivos con los que ha sido calificada por sus amigos y enemigos es infinito. Tozuda, perseverante, laboriosa, diligente, trabajadora, detallista, tecnócrata, escasamente imaginativa, carente de intuición política, sin instinto, inflexible... Pero si algo define su trayectoria como ministra en los últimos dos años y medio es su carácter luchador contra las intrigas de los suyos. Theresa May (1 de octubre de 1956) es una superviviente.

Hija única de un vicario de la costera Eastbourne, una localidad del sur del país famosa por sus escarpados acantilados, su playa con casetas de colores mil veces retratadas, sus fresas y el torneo de tenis que sirve de preámbulo a Wimbledon, May está considerada de forma despectiva por sus adversarios una ce minúscula, conservadora y tradicional, sí, pero a años luz del poderío y el liderazgo que se le supone a la C mayúscula, con la que se designa al partido conservador: Conservatives.

Creció en la edad de oro del thatcherismo. La Dama de Hierro, como era conocida Margaret Thatcher, siempre fue su modelo. De hecho, por su escasa permeabilidad podría ser rebautizada como la dama de titanio, una evolución de la dureza acorde a los nuevos tiempos.

Largo currículo de trabajo

Fue la primera mujer en alcanzar la secretaría general de los tories (2002-2003), siempre a la sombra de los grandes líderes de su partido. Su formación, tesón y capacidad de trabajo la colocaron en el lugar perfecto en el momento adecuado: junio del 2016, cuando Cameron cogió los bártulos y dimitió después de fracasar en su apuesta por el remain en el referendo del brexit.

May no era la más conocida ni la más brillante. Tampoco la mejor considerada por sus colegas de bancada. «Era la única con la formación suficiente y la capacidad de poner orden en esa especie de patio de colegio en el que se peleaban a diario Boris Johnson, Andrea Leadsom y el resto de los que soñaban con la poltrona», explicaba un conocedor de las entrañas de los tories para justificar su elección como sucesora.

Los primeros meses de su mandato, instalada en una cómoda mayoría, le dieron el prestigio que no tenía durante su etapa anterior. Tanto que algún osado se atrevió a aventurar la llegada del mayismo: una evolución del thatcherismo destinada a afirmar el voto de la clase obrera conservadora y garantizar las victorias en las urnas.

Pero su estrella empezó a declinar de inmediato. En el 2017, apenas diez meses después de tomar posesión, decidió ir a las urnas para armarse de legitimidad y blindar su mayoría. Fracasó y su vida se convirtió en un ejercicio de funambulismo. En manos de los unionistas irlandeses para tomar sus decisiones y acuchillada de forma constante por su eterno rival, Boris Johnson, y los brexiters, ha tenido que conducir el divorcio con la UE entre sobresaltos, amenazas, dimisiones y toda clase de contratiempos. Ayer, en una nueva pirueta política, se sometió a la censura de los suyos. El ala más dura de los conservadores, encabezada por Jacob Rhees-Mog, su némesis en esta pugna, tardó tres semanas en reunir los 48 apoyos necesarios para promover la moción de confianza.

Como su idolatrada Thatcher, tuvo que anunciar que no se volverá a presentar a unas elecciones para intentar alargar su estancia en Downing Street y completar su promesa al tomar posesión: «Brexit significa brexit», resumió. De momento, sigue.

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