París, de los adoquines a la bachata

Profetas del decrecimiento, fans de «El Código da Vinci» y bailarines ocupan el barrio Latino

Plaza de la República
Plaza de la República

parís / la voz

El barrio Latino de París fue escenario hace medio siglo de protestas universitarias de la Sorbona contra la sociedad del consumo y la autoridad que reprimía su vida privada. Durante el mes de mayo de 1968, estudiantes y obreros levantaron barricadas, corearon consignas como «Prohibido prohibir», quemaron coches, ocuparon el teatro Odeón y hubo batallas campales contra los antidisturbios. Al llegar el verano, volvieron a casa de vacaciones. Nadie podía sospechar 50 años después que el espíritu del mayo del 68 seguiría vivo en los mismos escenarios de París, avivado ahora por los teóricos del decrecimiento. Esta nueva escuela de pensamiento francés aboga por frenar el crecimiento económico para salvar el planeta antes de que colapse.

Serge Latouche, uno de los más famosos teóricos del decrecimiento económico, hablaba el pasado domingo por la tarde ante un reducido grupo de seguidores sentados en el suelo de la plaza de la República, escenario en el 68 de una multitudinaria manifestación. Reconocible por su gorra y su barba blanca, Latouche, armado de un micrófono, ponía como ejemplo las lavadoras, cuya obsolescencia programada obliga a comprar otra cuando se estropea. Latouche critica ante su auditorio, más bien cuarentón, ese afán por el despilfarro para aumentar la producción y el PIB a costa de agotar los recursos de la Tierra. Lo mismo por lo que lucharon sus padres y otros universitarios. La llama prendida por el libro La sociedad del espectáculo, que escribió Guy Debord en 1967, aún arde.

Latouche da su discurso ante unos grandes carteles cuyo lema es «Jornada temática sobre el decrecimiento». Otra pancarta adornada con un signo del dólar reza: «Gran París, esto es lo que produces» y menciona a Amazon o Goldman Sachs. Algunos asistentes toman notas serios. Latouche repite micrófono en mano la palabra «lavadora» varias veces.

En la misma plaza, a escasos metros, suena la bachata a todo gas. Allí se arremolina un grupo más numeroso de curiosos atraídos por la música. Una monitora brasileña enseña a 20 aprendices sus pasos de son caribeño, algunos latinos sacan a bailar a las jóvenes y un venerable anciano con tirantes y aire indiano baila solo. Los parejas danzan despreocupadas y la escena recuerdan una pintura impresionista de las verbenas parisinas.

Al fondo de la misma plaza, skaters y equilibristas del parkour exhiben sus espectaculares destrezas con el monopatín saltando sobre rampas de cemento.

Ya en el entorno de Saint Michel y el teatro Odeón, apenas queda nada del espíritu de mayo del 68. Por allí transitan las motos de los repartidores de Uber Eats. Tiradas en la acera o apoyadas sobre árboles se ven muchas bicis amarillas de Ofo que se alquilan tras escanear su código y se devuelven en cualquier sitio.

Señales del meridiano

De camino a la iglesia de Saint-Sulpice es posible toparse con fans del bestseller El Código da Vinci, escrito por Dan Brown. Visitan el tempo porque el protagonista buscó señales del meridiano de París, justo en una columna de mármol cuya sombra hace de reloj astronómico. Algo de verdad hay, porque en la cercana calle Saint-Germain, en un portal impar y otro par, los lectores de Dan Brown descubren dos agujeros alineados en cada acera que marcan el meridiano.

Iglesia de Saint-Sulpice
Iglesia de Saint-Sulpice

Frente a Saint-Sulpice se alza el teatro del Odeón, majestuoso edificio que sobrevivió a la Revolución Francesa y a la ocupación del mayo del 68. Una exposición en el museo de Orsay exhibe una enorme maqueta del teatro nacional inaugurado por la reina María Antonieta.

Pero ¿qué fue de los grandes cafés parisinos donde los intelectuales del mayo del 68 se reunían en la plaza de Saint-Germain -des -Prés? El mítico café Les Deux Magots conserva la mesa donde escribía Simone de Beauvoir, compañera de Paul Sartre. Por allí también pararon Picasso o Hemingway. Afuera, en la terraza los turistas hacen su deporte favorito: observar a los peatones mientras saborean un pequeño desayuno de 14 euros. Al lado, han abierto una boutique de Louis Vuitton. Enfrente, está la iglesia románica más antigua de París, ahora con las paredes y columnas repintadas con colores en una reconstrucción decorativa bastante atrevida. En La Rhumerie, otro bar mítico del mayo del 68 y que menciona Vargas Llosa en una novela, una venerable pareja desayuna al sol. Otra anciana se aparta de la luz mientras toma un café con su perro. Enfrente, el Starbucks rebosa de turistas. En la acera, yacen vacías cajas vacías de cartón de Amazon.

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