Referirse a la purga en la familia real saudí como un «juego de tronos» se ha convertido en un titular fácil. Pero la serie de televisión no es una buena comparación, y no solo porque en ella las mujeres gozan de bastante libertad. Lo que está sucediendo en Arabia Saudí es más complejo y puede que acabe peor. De momento, son ya una docena los príncipes detenidos, junto con decenas de ministros y exministros, y más de seiscientos hombres de negocios, muchos de ellos bajo arresto en el Ritz-Carlton de Riad, todo un guiño al despilfarro saudí.
El instigador de esta dilatada noche de los cuchillos largos es, por supuesto, el príncipe heredero Mohamed bin Salman. Es curioso recordar ahora que su meteórico ascenso se aclamó en su momento como una promesa de reforma en el reino del desierto. Se hablaba entonces de su agenda económica Visión 2030. Al final, el príncipe parece que se ha inclinado por algo más tradicional: la conspiración dentro de la familia real y la intromisión en los asuntos de sus vecinos en Oriente Medio por medio del dinero.
El príncipe está yendo demasiado lejos. Hay rumores de que podría intentar hacerse con el trono. También de que el Ejército podría intentar un golpe de Estado. Lo que está claro es que Mohamed bin Salman, a quien sus apologistas describen como «atrevido y decidido», se está revelando como un irresponsable que ya ha conducido a su país a una guerra desastrosa en Yemen y está ahora sacudiendo los cimientos del régimen, que nunca fueron muy sólidos.
La crisis con el Líbano, que ha estallado esta semana, hay que verla como una víctima colateral más de esta huida hacia adelante en la que se ha empeñado el príncipe loco. Tras el desastre de la intervención en Yemen y el fracaso de la política de financiar a la oposición yihadista para desalojar el régimen laico de Bachar al Asad, el heredero saudí quiere dar otra batalla contra lo que él ve como «expansionismo iraní», su gran obsesión, y ha elegido darla en el Líbano.
El Líbano cuenta, efectivamente, con sectores políticos aliados con Irán -no solo la milicia chií Hezbolá; también, por ejemplo, la facción cristiana del presidente Michel Aoun. Pero la política libanesa siempre ha sido un equilibrio. También los saudíes han influido en ella por medio de la familia Hariri, a través de Rafik Hariri hasta su asesinato en el 2005 y luego de su hijo Saad, que hasta el sábado pasado era el primer ministro del país. Ese día el príncipe Mohamed le obligó a dimitir y denunciar un intento de atentado contra su vida que la propia policía libanesa niega que haya existido.
Lo que busca Riad con esta maniobra es desestabilizar el Líbano para provocar una intervención militar israelí. Parece complicado, y de hecho lo es, pero hay pruebas abundantes de que este es el plan, tan disparatado como peligroso, del príncipe heredero. Y es ahí donde encaja la extraña visita sorpresa de Emmanuel Macron el jueves, a Riad. Antigua potencia colonial, Francia se considera la protectora del Líbano. El presidente francés quería estar seguro de que Saad Hariri no está secuestrado en Riad, y de paso intentaba frenar esta escalada hacia un nuevo conflicto en Oriente Medio, una región en la que ninguna guerra es tan absurda que no sea posible.