Río se resiste a acabar la fiesta

La violencia cotidiana no frena la intensa vida callejera de los cariocas


Río de Janeiro

En el mirador del Cristo Redentor, el epicentro turístico de Río de Janeiro, dos gallegos se saludaban el pasado julio, descubierto uno de ellos por la camiseta de su equipo. Mientras contemplaban la belleza apabullante de la bahía de Guanabara, una ráfaga de seis disparos que atronaban a varios kilómetros de allí, en el barrio de Santa Teresa, interrumpía el murmullo de los turistas. Poco después, la vida seguía su cauce como si nada hubiera pasado. Es la realidad con la que conviven los 6,5 millones de cariocas, entre ellos miles de gallegos, que se resisten a perder la principal característica de la ciudad fluminense: la vida en la calle, el ocio al aire libre, una fiesta que no se detiene pese a la violencia.

«Río es una ciudad muy extrovertida. La vida se hace en la calle: las playas y bares se llenan después de trabajar y en las plazas suelen alternarse fiestas en función del día de la semana», explica Antía Fernández, una estudiante de Arquitectura que vivió más de un año en Río antes de regresar a Galicia. La capital carioca vive un pico alto de violencia en lo que va del 2017, con 2.800 homicidios registrados hasta julio, según el Instituto de Segurança Pública. Sin embargo, la situación no es nueva. «Creo que xa vivín momentos máis tensos na cidade», recuerda Xoán Lagares, profesor coruñés de la Universidade Federal Fluminense, con 16 años de vida en Río. «En relación coa vida cotiá dos habitantes da cidade, non vexo que haxa diferenzas» en este último repunte. Francisco Hermida, estudiante de Ingeniería que conoce Río desde hace 15 años, insiste en que «no existe limitación para salir a la calle por ningún motivo, no es diferente a cualquier ciudad del mundo».

El chopp (como se llama a la caña de cerveza) después del trabajo es tradición. Los fines de semana las escenas en barrios como Urca, Leblon, Lapa o Santa Teresa no difieren de las que se ven en cualquier zona de bares y tapas de Galicia. «Lo único es tomar las precauciones necesarias en algunas zonas de la ciudad y en horario nocturno», apunta Hermida. Lagares lo resume en una expresión local: «Não dar mole, é dicir, non parar o coche nos semáforos de noite, non exhibir reloxos caros nin móbiles… Iso crea certa paranoia coa seguranza, porque na realidade as probabilidades de levar un tiro son practicamente cero».

Esa obsesión con la seguridad es la diferencia que los gallegos encuentran respecto a la vida en casa. «A veces esos condicionantes me suponían bastante desgaste, y piensas hasta qué punto merece la pena adaptar tus hábitos, pero la riqueza cultural de Río, su gente y los impresionantes paisajes hacen que te acabes rindiendo a la ciudad», apunta Antía. «Nunca pensei en me mudar por causa da violencia», sentencia Xoán Lagares, que perdió a un colega de trabajo por una bala perdida, «pero si coñezo xente que o fixo tras pasar por alguna experiencia traumática». Ambos inciden en la capacidad de adaptación de locales y extranjeros como la clave para poder disfrutar de Río en su esplendor. De ahí que a pesar de los titulares de prensa llenos de muertes y sucesos truculentos, la fiesta no se detenga. «Los cariocas están acostumbrados a la violencia, no me imagino a qué nivel debe llegar para que se vacíen las calles -dice Antía-. Y ojalá no ocurra nunca».

Claves en el repunte

El cambio de Gobierno y la quiebra financiera del estado de Río de Janeiro son dos de los factores que avivan la violencia estructural. «En Río parecen existir mundos paralelos, gente que vive en una burbuja ajena a la violencia urbana de las favelas», describe Antía.

Las zonas norte y sur de Río, divididas por una frontera de facto en el túnel de Santa Bárbara, marcan las dos realidades de la ciudad. «A inmensa maioría das vítimas son mozos (ás veces nenos) negros e pobres», abunda Xoán, para quien la crisis política ha sido determinante en el repunte de los tiroteos. El Gobierno de Temer «desmonta as poucas e tímidas políticas sociais do país», agrega.

Las guerras por el control de favelas y zonas de tráfico de drogas han dejado 100 policías militares fallecidos. Temer desplegó el Ejército en las calles en agosto, mientras los agentes acumulan meses de impagos, un gesto calificado por la oposición como efectista. «Hay más tiroteos, paradójicamente, entre personas en una situación social desesperada y policías que llevan meses sin cobrar», apunta Antía. Para Francisco Hermida, sin embargo, la crisis no es excusa: «En Gondomar se pasa y se pasó por la crisis económica y no por ello se multiplican los asaltos en las calles».

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