El antihéroe y el héroe

Bajo esa costra de escepticismo, todavía late un instinto humano que nos hacer reconocer el valor del coraje y el sacrificio cuando lo vemos


El anti-héroe fue uno de los grandes productos intelectuales de la segunda mitad del siglo XX. Era una reacción a una primera mitad de siglo marcada por guerras devastadoras en las que la muerte industrial había puesto fin al ideal romántico del heroísmo y el sacrificio. Luego, la guerra de Vietnam, que quizá no fue mucho peor que cualquier otra guerra, pero que fue la que coincidió con la explosión de la cultura de masas, certificó ese hecho obvio, añadiéndole un punto de cinismo y sorna. La valentía no existía, era simplemente una de las manifestaciones externas de la locura o de la estupidez. Puesto que tener miedo es lo más habitual, también había que considerarlo lo más democrático, y por tanto lo mejor. Y así el cine encumbró un nuevo tipo de protagonista, que era en realidad la resurrección del pícaro del siglo XVII: el anti-héroe que hace de la auto-preservación el bien supremo, que entiende que sacrificarse es siempre inútil porque el individuo está solo en el mundo.

El anti-héroe se extendió como modelo a todos los aspectos de la experiencia, no solo la guerra. Los existencialistas habían pintado al ser humano como una criatura trágica paralizada por la angustia vital. La contracultura de los años sesenta le ofreció como consuelo los paraísos artificiales y el hedonismo. La sociedad de consumo le propuso la electrónica como refugio virtual. Mientras, la socio-biología nos ha explicado, con todo detalle, como los sentimientos y las supuestas virtudes -el amor, el valor, la generosidad- no son más que procesos químicos del cerebro, una estratagema de nuestros genes egoístas para multiplicarse y expandirse. Sin duda hay algo de verdad en todo ello.

Los filósofos tenían razón en que es normal tener miedo, pero no en que fuese bueno. El resultado fue que, como un genio liberado de una botella que se vuelve contra su amo una vez le ha concedido todos sus deseos, el miedo se extendió por todas partes: miedo a las enfermedades, miedo a envejecer, miedo a morir, miedo a las responsabilidades, miedo a formar una familia, miedo a independizarse de los padres, miedo a perder de vista a los hijos, miedo al avión, a integrarse en el mercado laboral, a perder el trabajo... Incluso a todas las formas de violencia se les ha ido dando el nombre de terrorismo, porque no se piensa en el daño sino en el miedo que causan.

El hombre contemporáneo hace tiempo que se ha rendido ante estos miedos y ha dejado el asunto en manos de un cuerpo especializado de 2.5 millones de psicólogos, un ejército más numeroso que el de Estados Unidos.

Quizás sea por eso por lo que ha conmovido tanto el caso de Ignacio Echeverría, que se bajó de su bicicleta para ir a arrancar de la muerte a una mujer desconocida y fue a encontrarse con la suya a manos de tres asesinos sobre el empedrado de un mercado de Londres. No necesitamos otro héroe, cantaba Tina Turner en 1985. Por lo visto sí lo necesitamos, a juzgar por la reverencia con la que tantas personas han pronunciado esa palabra estos días.

Y es que, en el fondo, todo indica que, bajo esa costra de escepticismo que nos ha legado el siglo pasado, todavía late un instinto humano que nos hace reconocer el valor del coraje y el sacrificio cuando lo vemos, y que nos dice que, independientemente de si es útil o es inútil, de si es valentía o es locura, de si es un impulso o una ética, el coraje y el sacrificio son necesarios. Y que el ser humano, aún siendo quizás en la forma lo que dicen los filósofos y los científicos, es todavía capaz a veces de hacer que el cínico que lleva dentro guarde un minuto de silencio.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
25 votos
Comentarios

El antihéroe y el héroe