«¡Francia para los franceses!»

En el mitin de Jean-Marie Le Pen se entremezclan veteranos que hablan con paternalismo y nostaligia con jóvenes que mirarn con agresividad e ira

franciah

La Voz en París

Suena Verdi. Es Va, pensiero. El coro de los esclavos de Nabucco. «Cuando cantas, yo canto por tu libertad...». El escenario no acompaña a la letra. Antidisturbios y gendarmes con armas cortan la mayor parte de los accesos a la Place des Pyramides. Dentro, ante la estatua dorada de Juana de Arco, ondean banderas tricolor y del Frente Nacional, «el partido de Francia», estandartes de Flandes. «Esto no es un acto del FN, es un homenaje libre a una heroína de Francia, a Juana de Arco», repiten los asistentes. Quieren escuchar a Jean-Marie Le Pen, su ídolo, el guardián de las esencias. 

Los más veteranos hablan con paternalismo y nostalgia. Miran con desconfianza a los periodistas. Los jóvenes, con agresividad, con ira. Los consideran el enemigo. «Miradlos, miradlos», se burla un veinteañero trajeado, engalanado para la ocasión. Algunos lucen en su cazadora escudos con la primera frase de La marsellesa: «Allons enfants de la patrie». Presumen ante medios extranjeros de no hablar inglés o se enorgullecen de hacerlo mal. «Basta con el francés. Punto». Tuercen el gesto. Gritan: «¡On est chez nous!» (estamos en nuestra casa). Alguna cabeza rapada. Alguna mano que se alza extendida, aunque con discreción. Alguna consigna revoltosa entre bastidores.

Matones vestidos de negro con prendas informales que portan brazaletes naranjas vigilan a los presentes. A Le Pen padre le falla el micrófono y asoman las conversaciones. «No somos racistas, somos nacionalistas, ¿por qué es malo ser nacionalista?», se defiende una joven ante las cámaras. «Francia para los franceses», dice otro. Una pareja de turistas acaba por accidente en medio del hervidero. «Vámonos, esto es peligroso», dice ella en inglés. Un hombre negro comienza a vociferar. Se hace un silencio pesado, como si fuera a desatarse una tormenta. Pero lanza proclamas a favor de la ultraderecha. Luce una camiseta manchada, vieja. Es de Le Pen, de otro año, de otras presidenciales. Se queja de los vagos, recuerda el Bataclan. Lo observan con incredulidad. No saben cómo reaccionar. La pieza no encaja. Pero vuelve el sonido. Le Pen enardece a los suyos. Vibran cuando grita que hay que salir de la OTAN, que deben cerrar las fronteras, que viva Francia. Y ya nadie se acuerda de los esclavos de Nabucco.

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