El dinamitero que condujo a la paz

Martin McGuinness lideró el equipo negociador del Sinn Féin que firmó la paz con el Reino Unido en los Acuerdos de Viernes Santo en 1998


REDACCIÓN / LA VOZ

Poco podía imaginar el pequeño Martin McGuinness cuando abandonó los estudios en su Derry natal que acabaría siendo enterrado como un héroe en Irlanda del Norte. Derry es una ciudad fronteriza, la segunda más populosa del Úlster, con apenas cien mil habitantes y un lema en latín que bien podría resumir la trayectoria de McGuinness: «Vita, veritas, victoria».

McGuinness nació en 1950 en el seno de una familia católica numerosa y muy humilde. Su nombre completo es James Martin Pacelli y ese tercer nombre le fue impuesto por sus padres en honor al papa Pío XII. Fue un buen pescador, un mal estudiante y probó como mozo de taller mecánico y aprendiz de carnicería al poco de abandonar el colegio con 15 años.

Para entonces la semilla del IRA, el principal grupo terrorista norirlandés, se extendía por todo el Úlster. Los muros de Derry reflejaban el enfrentamiento con los ingleses y el bullicioso McGuinnes pronto se vio involucrado en la pelea.

En esos primeros años de la clandestinidad -él mismo reconoció en el 2001 su pertenencia a la banda terrorista-, entabló amistad con Gerry Adams, con el que acabaría formando una pareja casi indisoluble. Con apenas 22 años, en 1972, fue testigo en primera línea del Bloody Sunday, el domingo sangriento en el que un batallón de paracaidistas británicos abrió fuego contra una manifestación de civiles y acabó con la vida de 14 personas.

Aquel percance supuso un punto de inflexión en la trayectoria vital de McGuinness. Con su ya inseparable Adams, se dirigió a Londres en 1973 para abrir un primer proceso de paz que pusiera fin a la barbarie de los años más duros del conflicto.

Pero sus buenos deseos no encontraron eco en el bando británico. Las negociaciones fracasaron al poco de arrancar y pocos meses después Martin McGuinness era detenido cerca de Derry con un coche repleto de explosivos y municiones.

Fue a la cárcel y a la salida se puso, otra vez junto a Adams, al frente del brazo político del IRA, el Sinn Féin, aunque eran muchas las voces que situaban a ambos líderes como los auténticos jefes de la organización terrorista.

El gran éxito de McGuinness fue liderar el equipo negociador que condujo a los Acuerdos de Paz de Viernes Santo en Stormont, que supusieron el fin de la violencia en Irlanda del Norte. La paz llevó al Sinn Féin al poder y McGuinness, el adolescente que no fue capaz de aprobar, acabó como ministro de Educación. Fue candidato a la presidencia del Úlster y diputado en Westminster, aunque nunca pisó el Parlamento británico. Se hizo inseparable del reverendo Ian Paisley, su némesis unionista, en una pareja tan inesperada que fue bautizada como la de los hermanos risitas.

Ayer, cuando murió víctima de una amiloidosis que se empeñó en negar hasta el final, su partido gozaba del mejor momento político de la historia. En los últimos comicios, provocados por el propio McGuinness al forzar la caída de Arlene Foster -de la que era vice primer ministro- denunciando una supuesta corrupción, el Sinn Féin se quedó a solo 1.168 votos de la victoria en las urnas y dejó a los unionistas sin su tradicional mayoría. El mejor resultado de la historia.

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