Nadie sabe lo que hará Donald Trump respecto a la apertura a Cuba emprendida por Barack Obama -una apertura muy tímida, dicho sea de paso-. Esta es una de las políticas que Obama fijó mediante un decreto presidencial, por lo que al nuevo presidente le bastaría con firmar otro decreto en sentido contrario para liquidarla. Pero, ¿es eso lo que quiere Trump? Es cierto que en la campaña electoral prometió al núcleo anticastrista de Florida dar marcha atrás en esa política de acercamiento. Pero eso en sí significa poco. En aquel discurso, Trump también deslizó una condicional, cuando dijo que anularía las concesiones hechas por Obama «si Cuba no acepta nuestras condiciones». Ayer, el jefe de Gabinete de Trump, Reince Priebus, volvía a repetir la matización: «Tenemos que conseguir un acuerdo mejor».
Esto es típico de Trump: la obsesión por el regateo de bazar en el que el listo gana y el que pierde es un «pardillo». Para Trump, Cuba no es una cuestión de principios, como lo es para el Partido Republicano, sino una ocasión para demostrar sus supuestas habilidades de gran negociador.
¿Qué cabe esperar, entonces? Cabe, precisamente eso: esperar, y ver. Es poco probable que Trump revoque el reconocimiento diplomático y el intercambio de embajadores, porque hacerlo supondría un acto hostil con repercusiones incómodas en Latinoamérica. Tampoco le conviene reimponer restricciones al turismo porque, digan lo que digan los más recalcitrantes, la mayoría de los cubano-americanos lo necesitan para visitar a sus familias. Más bien podemos conjeturar que Trump impondrá a Cuba algún tipo de apertura comercial beneficiosa para Estados Unidos, por ejemplo en el sector hotelero -lo que sería una mala noticia para España-. De hecho, Trump ya había tanteado esa posibilidad como empresario, violando de paso el embargo. Pero esto es solo una conjetura razonable. Y tratándose de Trump lo razonable no tiene por qué ser lo probable.