Washington D. C. y su doble

INTERNACIONAL

Ed

Se han rodado cerca de setecientas películas sobre el inquilino de la Casa Blanca, lo que convierte a este cine presidencial en un género por derecho propio

05 nov 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Washington D. C. y Hollywood están casi en los dos extremos de Estados Unidos. Sin embargo, entre ellos existe una conexión directa. En Washington se suceden los presidentes norteamericanos, con sus aciertos y sus errores y, al mismo tiempo, también se suceden en Hollywood las presidencias en forma de películas sobre el inquilino de la Casa Blanca. Según mis cálculos, se han rodado cerca de setecientas, lo que convierte a este cine presidencial en un género por derecho propio, como el wéstern o el cine negro.

En esas películas, Hollywood actúa a veces como un cortesano adulador, como sucedió durante la presidencia de Franklin D. Roosevelt, cuando las películas de propaganda de guerra se abrían y cerraban con frases suyas. Pero más frecuentemente funciona como un subconsciente colectivo, imaginando ángeles y bestias, presidentes idealizados o monstruosos. Unos son cómicamente perfectos, como el Harrison Ford que en Air Force One (1997) derrota él solo a un grupo de terroristas a bordo del avión presidencial. Otros son malvados de caricatura, como Cliff Robertson en 2013 Rescate en L. A. (1996), un tirano psicópata que, entre otras cosas, quiere mandar a su propia hija a la silla eléctrica. A veces, la imitación mejora al original. Por ejemplo, en PT-109 (1963), que cuenta las hazañas de Kennedy en la guerra, este salva a tres hombres de morir ahogados, cuando en la realidad solo salvó a uno. Nixon ha sido condenado por la historia, pero se ha ido redimiendo paulatinamente en el cine, pasando del distante manipulador de Todos los hombres del presidente (1976) al hombre atormentado de Nixon (1995), y luego al pecador arrepentido de Frost/Nixon (2008).

Cierto es que entre la realidad y la imaginación suele haber un desajuste considerable. Mientras que en Washington el primer presidente de raza negra no llegó hasta el 2008, en Hollywood ya gobernaba uno en 1933 -Sammy Davis Jr. en Rufus Jones for president, una comedia-. En Hollywood hay mujeres presidentas desde hace más de medio siglo -desde Besos para mi presidente, también una comedia-. Es como si las dos presidencias, la de Washington y la de Hollywood, sucediesen en dos planos de la realidad distintos. Pero entre ellas sigue habiendo esa relación que existe entre el sueño y la vigilia: el escándalo Watergate provocó una oleada de películas en las que el presidente aparece como corrupto y mendaz, mientras que los años de Bill Clinton dieron origen al subgénero del presidente como acosador sexual.

Llega a pasar que los dos mundos, el de la ficción y el de la realidad, se acercan peligrosamente, como cuando en La cortina de humo (1997) un presidente contrata a un productor de Hollywood para que invente una guerra que le haga ganar las elecciones. También sucede lo contrario, y son los presidentes de verdad los que parece que se inspiran en los de ficción. Incluso en un momento determinado los dos mundos parecieron fundirse en uno cuando un actor, Ronald Reagan, pasó a ocupar la Casa Blanca. Al primer transbordador espacial lo llamó Enterprise, el nombre de la nave de Star Trek; y al programa de defensa estratégica lo llamó La Guerra de las Galaxias, como quien clava la bandera de Hollywood en Washington D. C.

El martes próximo el pueblo norteamericano elegirá a su próximo presidente o presidenta entre dos candidatos tan poco atractivos que resulta un tanto desconcertante que hayan llegado hasta ahí. Los votantes elegirán primero como electorado; pero en Hollywood ya están trabajando los guionistas para revelarnos qué es lo que se le pasa por la cabeza a ese mismo electorado por las noches, cuando sueña sus sueños y sus pesadillas.