Las peleas llegan al campamento tras la puesta de sol

Los acampados se agrupan por nacionalidades y combaten entre sí o contra la policía


La Voz en Calais

Le llaman la Jungla porque sobrevivir en Calais es muy duro. La acritud de este campo se tatúa en la mirada de los jóvenes que cada noche se enfrentan a la gendarmería francesa. La noticia del desalojo ha desatado una violencia inusitada al pie del canal de la Mancha. Los mismos grupos que hasta hace unos días se organizaban para intentar cruzar la frontera, o para pelear entre sí lo hacen ahora para guerrear con la policía en las últimas horas de vida de un asentamiento en el que se hacinaban más de siete mil personas hasta ayer.

A lo largo de las tres últimas noches, cuando cae el sol, se han registrado escaramuzas con los equipos de antidisturbios que custodian el asentamiento. Lanzan piedras, pero van armados de ira y frustración. David contra Goliat. De los más de 8.000 refugiados que viven en el campo apenas 400 son violentos, pero sus acciones perturban una calma ya de por sí inexistente. Su modus operandi se limita a quemar contenedores y arrojar piedras contra los guardias de la valla, pero son combatidos con granadas de gas lacrimógeno y cargas policiales para reducir los intentos de burlar la vigilancia.

Tras sus actos violentos no existe una reivindicación concreta. En ocasiones gritan consignas contra el cierre del campo, en otras insultos contra el enemigo, pero la mayoría del tiempo vociferan gritos intimidatorios. Entre la valla que salvaguarda la autopista que conduce al puerto de Calais y la primera duna que delimita el campo de refugiados hay una explanada. Por las tardes alberga partidos de críquet, al anochecer la zona de juego se convierte en un auténtico campo de batalla. El único motivo de la violencia en la Jungla es la propia Jungla.

«Fuck the police!», se escucha entre el humo de los gases. «No photo», espeta otro cuando observa que es grabado. ¡Formación de a cuatro!, ordena un gendarme. Las piedras no se ven pero se oyen cuando caen cerca. Anteayer, en una escaramuza que duró algo más de dos horas intentaron abrir un boquete estéril en la valla. Prendieron fuego a al menos siete retretes de obra instalados en el campo. Luego arrojaron piedras y devolvieron los botes de gas en un juego similar al del gato y el ratón. Todo ello en actos descoordinados que no responden a una estrategia concreta ni a objetivos definidos.

De poco sirve que hayan conseguido sortear la muerte en el largo viaje desde sus países de origen hasta el corazón de la Unión Europea. Para muchos de los concentrados en Calais, el salto a Inglaterra es la gran esperanza de volver a reunirse con sus seres queridos. O con los que les quedan aún vivos después de los violentos conflictos que sacuden Siria, Yemen. Irak, Afganistán...

El conflicto de los últimos días tiene un marcado sabor adolescente que manifiesta en gran medida al perfil de los refugiados y la situación en la que se encuentra la Jungla de Calais. El desmantelamiento significa para muchos el fin de su odisea. Un final sin éxito tras soportar muchos, quizás demasiados, sufrimientos. La mayoría de los chicos que llegan hasta aquí desde Asia o desde el África subsahariana lo hacen solos. Sin nexos familiares. Sus vivencias en este éxodo hacia Europa y el trato que aquí reciben ahonda en el trauma de la guerra. Se trata de un cóctel perfecto. Además de los enfrentamientos con la policía, la convivencia entre distintas nacionalidades es en ocasiones complicada. Sudaneses contra etíopes. Eritreos contra sudaneses. Afganos contra africanos. Viven en una situación límite. Cualquier motivo es suficiente para hacer saltar la chispa. Y aún quedan dos días para completar el desalojo.

Jueces europeos piden a Bruselas que frene el acoso a los refugiados

Representantes de las organizaciones de Magistrados Europeos para la Democracia y las Libertades (Medel) acordaron solicitar a la Unión Europea y a los estados miembro que pongan fin a las «graves violaciones» de derechos de las personas migrantes.

Los jueces de este colectivo transnacional aseguran que los estados que forman parte de la UE comparten y aplican unas políticas de inmigración y asilo «egoístas y nada hospitalarias», donde los migrantes que «están cayendo en trampas administrativas y policiales», como los CIES en España o la jungla de Calais en Francia, donde «se les deja sin protección y sin ningún tipo de asistencia».

Más de trescientas personas se quejan por el trato recibido en un albergue

Unos 300 inmigrantes del centro de acogida de la localidad búlgara de Harmanli, a 50 kilómetros de la frontera turca, protestaron por las malas condiciones de vida y trataron de abandonar el lugar. La protesta acabó varias horas después sin incidentes violentos en lo que es una antigua base del Ejercito búlgaro reconvertida en centro de acogida para 3.200 personas. La protesta estalló por la mañana y la policía y la gendarmería enviaron numerosos efectivos para apoyar a los cien agentes del centro. Los internos han solicitado asilo político en Bulgaria y hasta que no se decida sobre su solicitud no pueden abandonar las precarias instalaciones, que han sido criticadas por oenegés internacionales como Amnistía Internacional y Human Rights Watch (HRW), entre otras.

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