Desde que Donald Trump dejó de ser una broma para convertirse en una amenaza auténtica, la prensa norteamericana ha estado buscando sin cesar el golpe publicitario que pudiese dejarle KO y sacarle de la carrera presidencial. Pero nada ha funcionado. Nada parece desanimar a su base. De hecho, da la impresión de que las meteduras de pata, los comentarios sexistas o xenófobos más o menos disimulados, no solo no le pasan factura sino que pueden haber contribuido a forjarle una imagen de rebelde que le favorece. ¿Por qué tendría que ser distinto con este último asunto de la grabación en la que hace comentarios groseros sobre las mujeres?
Muchos pensaban que esta vez sería diferente porque en este caso Trump parece ir más allá del sexismo casual, digamos, y se acerca peligrosamente a la acusación de acoso. El mismo Trump se ha dado cuenta de que este caso podría hacerle más daño que otros y se ha apresurado a grabar una disculpa que, fiel a su estilo siempre, está entreverada en un ataque.
Pero conviene no exagerar el desastre para el candidato republicano. Si los medios se han equivocado una y otra vez a la hora de declarar «muerta» su campaña es porque no dejan de subestimar la fuerza de ese gran motor de las lealtades políticas que es el prejuicio. Quien ha sido fiel a Trump públicamente hasta aquí ha invertido ya demasiado de su capital social como para rectificar. El seguidor del candidato republicano no cree que sea «un hombre perfecto», como dijo el propio magnate con conmovedora modestia en su vídeo de contrición. A sus incondicionales le gusta ese desprecio a la tiranía de lo políticamente correcto. Para ellos, Donald Trump es un vehículo en el que poder dar rienda suelta a su rabia, la famosa indignación que tanto se ensalza en según qué casos.
De hecho, la campaña de Trump va mal, pero no precisamente por culpa de sus exabruptos. El verdadero golpe a sus esperanzas presidenciales lo recibió el pasado 26 de septiembre en el primer cara a cara televisado con Hillary Clinton. No se trata tanto de que Hillary ganase o Trump perdiese, porque los dos candidatos y sus electorados se mueven en planos de la realidad que no se cruzan. Lo que ocurrió fue que Hillary, que había empezado a parecer débil a sus propios partidarios, mostró una energía inesperada que convenció a muchos de que merece la pena seguir apoyándola. Trump, por el contrario, decepcionó a muchos de los suyos, no por su agresividad sino por su falta de ella en ese día en particular. El propio Trump lo entendió en seguida y se lamentó de haber sido «demasiado respetuoso» con su rival (es un decir).
Hasta entonces, los dos candidatos estaban prácticamente empatados, incluso con ligeras ventajas ocasionales para Trump. Pero ese día la horquilla se abrió y no ha dejado de ampliarse en beneficio de Hillary. Por eso, para Trump es clave el resultado del segundo debate previsto para esta noche. Y por eso, sin duda, es por lo que se filtró el viernes, y no antes, la grabación escandalosa realiza al candidato republicano hace más de una década: no para dañarle directamente con ella, sino para desequilibrarle de cara a su encuentro con Hillary. Porque es ahí, muy posiblemente, donde se decidirá la carrera hacia la presidencia.