Los primeros datos hablan de nuevo del terror. A estas horas de la madrugada hay quien se atreve a hablar de yihadismo. De lo que se puede hablar seguro es de masacre. Decenas de cadáveres en el asfalto del paseo de los ingleses, una de las zonas más turísticas de Niza. Tantas vidas tiradas al mar, al mar del odio, al mar del desprecio, en esa Costa Azul que se ha teñido negro. Las informaciones más urgentes, todavía pendientes de ser contrastadas, muestran el peor escenario. Todo el mundo miraba hacia Francia. Después del horror de la noche fadítica del Bataclán y, ahora está claro, que solo el despliegue policial evitó una tragedia en la Eurocopa. Las despreciables gamberradas que protagonizaron los radicales de las hinchadas de algunos países pare que quedan a un lado ante este conductor del camión que decidió atropellar varias veces a decenas de ciudadanos que volvían de disfrutar de los fuegos artificiales en la noche de la fiesta nacional de Francia. Nada de artificiales son sus muertes. Unas muertes que hay que sumar a esa otra montaña de muertes que estamos organizando con el ojo por ojo. Es intolerable e insufrible tantas familias cercenadas. Ninguna civilización es superior a la otra. Pero sí es verdad que el yihadismo no es Islam. Y que el yihadismo está en la Edad Media, en el trato a la mujer, en el desprecio por la vida, si lo confrontamos con los derechos y las libertades que hemos conquistado en Europa y que corremos el riesgo de perder con tanta sangre derramada. No hay prevención posible contra un terrorista que decide morir inmolándose arrollando a decenas de semejantes. Lo único que tengo claro a esta hora, superado como todos por las imágenes salvajes, por el desprecio a la vida, es algo tan antiguo como que el hombre es un lobo para el hombre.