La Voz en Idomeni

Cargados con sus mochilas, muchos sin zapatos, cientos, posiblemente hasta mil refugiados decidieron ayer poner fin a su «prisión» en el campo de refugiados improvisado de Idomeni, la vergüenza de Europa. A la desesperada, sin saber qué les esperaba, se lanzaron a caminar por la misma ruta que utilizan las mafias para cruzar a Macedonia. Refugiados y voluntarios aseguran que era un plan premeditado porque alguien repartió pasquines con el itinerario en árabe la noche anterior. Más de diez kilómetros por montañas, entre zarzales y barro. Niños cruzando el río Suva Reka agarrados a una cuerda empapados. Jugándoselo todo a cambio de casi nada porque, a pocos kilómetros, los esperaba el ejército de Skopie.

El camino es un auténtico barrizal. No les importó. Después de pasar más de tres semanas en condiciones inhumanas, cogieron a sus hijos en brazos y caminaron sin parar. Los seguimos. Barro y más barro. Mujeres con chanclas llorando de dolor. Fátima y su hijo de siete años, desplomados en el suelo. Otra madre con su bebé que ya nació fuera de Siria y tiene menos de dos meses. Les informan de que la frontera seguirá cerrada. «No tengo otra oportunidad. ¿No lo entienden?», lloran de impotencia.

Son cinco kilómetros de pequeñas montañas. Se animan entre ellos y gritan «Alemania». Hasán, de 80 años, cree que «mama Merkel» podrá ayudarlos. «Mira lo que pasó en Hungría. Igual esta es nuestra última oportunidad», se ánima. Después de dos horas de camino empieza a llegar la policía griega. Los camiones de antidisturbios se posicionan antes de llegar al río. Pero no hacen nada. No intentan detener a los niños y sus padres. Algunos contienen las lágrimas.

«Vamos, vamos, cruzad», les gritan desde el otro lado. Un grupo de voluntarios prepara cuerdas y se lanzan al río para montar una cadena humana. Los refugiados van pasando, se caen, gritan, rompen a llorar. El río es peligroso si se caen porque, con lo que ha llovido estos días, la corriente es fuerte y podría arrastrarlos. Dos niñas llegan exhaustas al otro lado empapadas y empiezan a gritar: «Mamá, mamá, ¿dónde está mamá?». Continúan pasando a cientos. «Ayuda, ayuda», ruega un señor de 80 años de Alepo que apenas puede caminar.

Por delante otros cuatro kilómetros por campos y barro. «No puedo pensar en otra cosa que seguir caminando», dicen sin apenas poder respirar. Pero la policía de Macedonia no tarda en aparecer. Apenas quedan dos kilómetros para llegar a la frontera y las autoridades de Skopie empiezan a detener a voluntarios y periodistas. Más de 60 personas que intentaron seguir la ruta acaban en la estación de policía de Gevgelica acusados de cruzar la frontera de forma ilegal. Algunos refugiados que se escabullen siguen solos su camino, sin ayuda, ni tiendas de campaña, sin comida, sin nada.

Algunos padres de familia vuelven corriendo después de dos horas. «Vamos a recoger a nuestras familias, corre, corre», gritan. No creen que Macedonia se mantenga firme en su decisión de cerrar la ruta de los Balcanes, pero es lo que hay. «Estamos presenciando un intento de cruces ilegales de la frontera. Macedonia no permitirá la reapertura de la frontera. La ruta de los Balcanes está cerrada», asegura el portavoz del presidente. Su gobierno presume de eficacia e informa de que el Ejército y la Policía han retenido a una parte de los que cruzaron, en torno a 700, y obligaron a retroceder al resto.

Los voluntarios denuncian que la iniciativa no fue de los refugiados que ya tenían información. Lo cierto es que el camino coincide con el que usan las mafias para burlar el bloqueo. En las últimas horas la policía macedonia encontró el cuerpo de tres afganos que habían intentado pasar el mismo río. Hoy volverán a intentar la misma ruta otro grupo de personas que huyen de la guerra. «No tenemos nada que perder», explica Aysha. Las imágenes no les asustan. «Hemos cruzado el mar Egeo, nadie nos parará», se viene arriba Ahmed.

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«Mamá, mamá, ¿dónde está mamá?»