La historia del chavismo podría contarse como una parábola. No en el sentido de que encierre una enseñanza moral en forma de apólogo sino en su acepción puramente geométrica: su recorrido sigue una línea ascendente, corona una cima más o menos breve y luego baja en pendiente hasta llegar al momento actual, en el que, según las encuestas, podría enfrentarse a un fin de ciclo.
Esa curva parabólica sale casi calcada de la de los precios del petróleo, el gran protagonista secreto -o quizás no tan secreto- de la historia política venezolana. Hugo Chávez, con carisma o sin él, llegó al poder con el precio del barril de crudo a 8 dólares, se consolidó cuando subió a 25 después de un año y vivió su época de mayor popularidad entre 2004-2008, coincidiendo con la apoteosis del precio del crudo. Lo que él llamó exageradamente su revolución fue en realidad una operación contable: la redistribución de esa riqueza del oro negro entre los sectores más desfavorecidos de la sociedad, que se convirtieron así en su base electoral. Vino luego la recesión del 2009, que puso al descubierto la fragilidad de la economía venezolana y su dependencia absoluta de la exportación de crudo. Ahí comenzaron inmediatamente sus dificultades para ganar elecciones: en el 2010 Chávez ya solo ganaba por menos de un punto porcentual.
Es llamativa la retórica de la revolución, porque lo que ha caracterizado al chavismo es precisamente su inmovilismo en economía. En todos sus años en el poder, no se hizo nada sustancial para reformarla y muy poco para diversificarla. La redistribución de la riqueza no es una mala idea en un país con tanta desigualdad, pero hecha así, como puro gasto sin apenas inversión, era insostenible. También, inevitablemente, tenía que atraer corrupción, clientelismo e ineficiencia -vicios que, todo hay que decirlo, no eran totalmente desconocidos en la historia anterior de Venezuela-. Una reforma hubiese sido quizás mucho más revolucionaria.
Pero Chávez murió repentinamente en el 2013, por lo que no tuvo que enfrentarse al ajuste de cuentas con la realidad. Esto le ha tocado a Nicolás Maduro, un líder accidental. Sobrepasado por la situación, Maduro se ha limitado a subir las apuestas en el casino con préstamos de China y juegos de manos con la política cambiaria. Incluso si alguna vez quiso hacer reformas para equilibrar el sistema, se ha visto prisionero de la naturaleza del chavismo, que su fundador transformó, antes de morir, de movimiento populista-carismático en un partido disciplinado pero inflexible e intolerante. Cuando Maduro solo consiguió ganar las elecciones del 2013 por la mínima se puso a la defensiva. Desde entonces no ha hecho otra cosa que tratar de mantener la unidad del partido y bloquear el ascenso de la oposición. Pero las encuestas muestran que ese ascenso debe menos a los méritos de los líderes opositores -con índices de aprobación poco mejores que los de Maduro- que a la constatación del fracaso del chavismo. Por eso, independientemente de cual sea al final el resultado de las elecciones de hoy, lo que se va a medir en ellas no es la fuerza de este sino ya únicamente su inercia.