Decepción y resignación

Si las últimas encuestas detectaban una ligera ventaja del tipo de resignación que vende Tsipras se debe a que sigue representando lo nuevo frente a lo viejo


Alexis Tsipras no se ha esforzado en disimularlo: las elecciones de hoy domingo en Grecia son el producto de un cálculo personal, una maniobra palaciega. Después de efectuar un giro de 180 grados y pasar de la militancia antiausteridad al apoyo a un tercer rescate, con las medidas de austeridad que esto supone, era evidente que necesitaba un nuevo mandato; uno que diga lo contrario que el anterior. Pero, sobre todo, Tsipras necesitaba renovar ese mandato pronto. En octubre está previsto que lleguen a Atenas los hombres de negro para empezar a poner en marcha el mecanismo de rescate. En noviembre se supone que tienen que estar aprobadas la mayor parte de las nuevas medidas y recortes, entre ellas la impopularísima reforma del sistema de pensiones. Tsipras sabe que en dos meses ya no estará, seguramente, en condiciones de ganar unas elecciones y por esto ha convocado estas ahora.

Que las encuestas presenten a Tsipras como probable ganador, aunque sea por un minúsculo margen, demuestra que podría haber acertado en su cálculo. Unidad Popular, la escisión de Syriza por la izquierda, no ha conseguido ganar impulso (las encuestas le dan un cinco por ciento). Tampoco los otros partidos antiausteridad, los comunistas del EEK o los neonazis de Amanecer Dorado, parecen sacar tajada del «donde dije digo» de Tsipras. Este vuelve a tener enfrente de nuevo únicamente a los conservadores de Nueva Democracia, con los que mantiene lo que se podría calificar de «duelo de decepciones». Nueva Democracia es el partido que con su corrupción y su ineficacia hundió a la economía griega y la puso en manos de sus acreedores europeos. Syriza es el partido que prometió acabar con esa dependencia de los rescates y al final ha hundido aún más a la economía griega. Ninguno ofrece realmente una salida, sino distintas retóricas de la resignación, y entre esos dos historiales de fracaso es entre lo que se ve obligado a escoger el elector griego. No es extraño que se hable de desesperanza y hastío.

Lo nuevo frente a lo viejo

Si las últimas encuestas detectaban una ligera ventaja del tipo de resignación que vende Tsipras ello se debe posiblemente a que, con todos sus graves errores, sigue representando lo nuevo frente a lo viejo. En todo caso, la imagen era la de un empate técnico, lo que con el sistema electoral griego, que otorga una generosa prima de escaños al partido ganador, supone jugarse las elecciones a cara o cruz. Según como caiga la moneda se abren varios escenarios, ninguno de ellos cómodo. La preferencia de Tsipras sigue siendo una coalición como la que mantenía hasta ahora con la derecha anti-austeridad de Anel, pero parece que estos podrían quedarse fuera del parlamento. Bruselas teme que en ese caso Tsipras se una a los otros partidos de izquierda y vuelva a enarbolar la bandera de la austeridad, pero el odio mutuo que se profesan estos partidos lo hace muy improbable. Algo más factible sería un pacto de Syriza con los pequeños partidos pro-austeridad (los socialistas del Pasok y los centristas de To Potami), pero posiblemente no resultaría suficiente. Y finalmente está la opción predilecta de Bruselas: una gran coalición entre Syriza y Nueva Democracia, a ser posible con Nueva Democracia al frente, o incluso Tsipras en su defecto. Este lo ha descartado tajantemente. Lo cual, como sabemos, no quiere decir gran cosa.

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