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En el norte de Francia las autoridades han ordenado a siete granjas que destruyan la cosecha de cereal este año. Por lo visto, estaban afectadas por la contaminación del metal de la munición de la Primera Guerra Mundial
19 sep 2015 . Actualizado a las 05:00 h.En el norte de Francia, en la región de Meuse, las autoridades han ordenado a siete granjas que destruyan la cosecha de cereal este año. Por lo visto, estaban afectadas por la contaminación, pero por una que viene de muy atrás: la del metal de la munición de la Primera Guerra Mundial, de la que se conmemoró el centenario de su comienzo precisamente hace un año -no lo entendí, me pareció que hubiese sido más lógico esperar y celebrar el centenario de su final-. No es algo raro lo que ha ocurrido en Meuse. Cada año, solo en Francia, se desentierran centenares de toneladas de munición de aquella guerra de hace un siglo. Es lo que se conoce como la «cosecha de hierro».
También esta semana, mientras se recordaba en Londres el setenta y cinco aniversario de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, en el este de la ciudad, en Bethnal Green, ha aparecido una bomba sin estallar de aquella época. También es algo frecuente. Cada vez más, en realidad. A raíz de las Olimpiadas del 2012 se ha desarrollado mucho la construcción en el este de la ciudad y en la parte los muelles. Los edificios son cada vez más altos y, por tanto, los cimientos cada vez más profundos. Las bombas de entonces, que se habían ido sumergiendo en el viscoso suelo de Londres -el London clay- hasta los quince o dieciséis metros, resurgen ahora para atormentar a los obreros de la construcción. Se calcula que seguirán apareciendo todavía durante medio siglo. La memoria de la guerra es muy persistente, pero sus desechos lo son todavía más. También esta semana Mozambique ha terminado de completar su ambicioso programa de desactivación de minas. Pero es una excepción. En el resto del mundo el suelo es un palimpsesto de conflictos ordenados en estratos, que van aflorando a medida que los vamos olvidando. Entre la espada que encuentra el arqueólogo en la excavación de un túmulo y la bomba de Bethnal Green hay un hilo conductor y una rutina de autodestrucción.
Las zonas de Croacia por las que aventuran estos días los refugiados sirios, una vez que las autoridades de Zagreb han decidido también cerrar sus pasos fronterizos, son uno de esos lugares en los que la violencia colectiva quedó congelada y permanece dormida. Ahí estaba uno de los frentes en la guerra serbo-croata de 1991. A orillas del Danubio está Vukovar, la ciudad mártir, que sufrió casi noventa días de asedio. No muy lejos están Vinkovci y Djakovo, que hace un cuarto de siglo llenaban las portadas y suscitaban comentarios idénticos a los que hoy se hacen acerca de Alepo, Homs o Kobane en Siria. De allí salieron también decenas de miles de refugiados. Los recuerdo llegando a la capital, cargando con sus maletas y algunos objetos que parecían absurdos -un reloj de pared, el cabecero de una cama- pero que simbolizaban el desconcierto que acompaña a todos los que huyen precipitadamente.
Si sucede que uno de los refugiados sirios se aparta de los caminos de tierra y acaba pisando una de esas minas de hace un cuarto de siglo, será a la vez una tragedia, una ironía y una lección. La tragedia es la muerte, y es una cruel ironía que alguien caiga víctima de una guerra que no es la suya y de la que probablemente no sabe nada. En cuanto a la lección, es esta: que todas las guerras son cosechas de hierro y dan un fruto amargo durante muchos más años de los que se piensa cuando se inician. También la de Siria; sembrada y alimentada de manera tan irresponsable, seguirá cosechando sufrimiento durante muchos años, incluso después de que hayamos olvidado cómo comenzó y por qué.