De Dama de Hierro a «Mamá Merkel»

La postura de la dirigente alemana frente a la crisis de los refugiados ha conseguido desbancar la imagen de implacable que hasta ahora paseaba la canciller

Selfie de Merkel con refugiados La canciller alemana ha visitado un centro de migrantes en Berlín y ha posado con ellos distendida

Ya no es malvada. Ya no es severa. Merkel ya no es lo que era. Su imagen intransigente se ha transformado completamente. La Dama de Hierro ya no es de hierro, ahora es «Mamá Merkel». El inimaginable poder de un selfie ha conseguido borrar de un plumazo todos los estereotipos que en Europa se tenían. ¿Quién se acuerda de aquella niña palestina que rompió en llanto ante la negativa de la canciller a acogerla en su rígida Alemania? Y es que aquella chiquilla parecía no tener tanto poder en la opinión pública como el que en las últimas semanas han tenido imágenes como la del niño Aylan (ahogado en una playa cuando intentaba llegar a una isla de Grecia) o la del padre y el hijo pateados por una periodista húngara.

Las razones por la que Merkel hizo llorar a una niña pequeña La cancillere alemana se quedó descolocada ante el inesperado llanto de una menor

Las cosas han cambiado. Atrás queda el férreo brazo merkeliano (que hizo temblar a los griegos). Ahora es tiempo para dar la bienvenida a una compasiva dirigente que se ha erigido como ejemplo a seguir por todos los demás europeos. Porque hasta que «Mamá Merkel» no dio el paso a los refugiados, pocos lo hicieron.

Imágenes como la de Ramadan Salah, un kurdo refugiado en el barrio de Spandau en Berlín, han dado la vuelta a los estereotipos. Este sirio mostraba con orgullo el móvil con el que se sacó la foto con la teutona: «Es como una madre para nosotros». Y que nadie diga nada. Porque Salah, y otras miles de personas que escapan de los horrores de su país, se han convertido en los mayores defensores de la canciller alemana. Ella ha sido uno de sus primeros -y más fervientes- apoyos. Valedora de la idea de recibir a los sirios en una Unión Europea muy reticente a la acogida, Merkel se ha convertido en la antagonista de su mano derecha Schäuble.

El ministro alemán de Finanzas dejó a un lado los convencionalismos y directamente sacó la calculadora para hacerse la pregunta: ¿Puede Alemania soportar la crisis migratoria sobre sus pulcras cuentas? Con una afirmación como respuesta, el resto del camino de Merkel quedaba completamente despejado. Sin embargo, en su país las cosas ya no son lo que eran. Lo que el resto de europeos veíamos hasta ahora como rectitud, ellos lo ven desde otro prisma. Nadie es profeta en su propia tierra. Ni profeta, ni implacable. Merkel en Alemania es la «blandita», la compasiva. Y este último capítulo con los refugiados no hace sino afianzar una idea cada día se siente más en el país teutón.

«Ayudó a tantos refugiados... Era un sueño para mí sacarme una foto con la señora Merkel, y ahora es una realidad» proclamaba uno de los hombres que se encuentran en Alemania a la espera de obtener el estatuto de refugiado para sacar a sus hijos, presos de una patria completamente devastada por la guerra: «Espero que Mamá Merkel, si Dios quiere, ayude todavía más a los sirios, a los refugiados».

Gracias es la palabra que más se repite entre los refugiados. Es tal la pasión que sienten, que son muchos los que, mientras caminan por la fría -y a veces maltratadora- Hungría, han decidido colgarse al cuello la imagen de una Merkel que ahora se ha encarnado en símbolo de fortuna y bondad. 

Compasiva sí, pero sin pasarse. Merkel admitirá a los refugiados, pero si ella lo hace el resto también. Ahí es donde vuelve el férreo brazo de la canciller. Alemania no puede echarse a las espaldas todo el peso de la crisis migratoria, y ahí es donde entran las exigencias a sus colegas del Viejo Continente. Es necesario remar todos en la misma dirección, y el reparto de asilados es una exigencia que sale del asiento de la teutona. Aquí no hay compasión que valga.

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