La bandera blanca ondea sobre la Acrópolis, más ruina que nunca. Porque ya no puede negarse que Grecia se ha rendido. Por mucho que su nuevo ministro de Finanzas, de nombre Euclides, intente la cuadratura del círculo, las condiciones para el tercer rescate que pide son fundamentalmente las mismas que su pueblo rechazó sonoramente en referendo. A Tsipras, el Eurogrupo va a negarle incluso el único argumento que podría permitirle fingir que ha logrado algo: la reestructuración de la deuda se discutirá, pero por separado y como algo muy secundario -es decir, lo que ya se había prometido en el 2012 y nunca se cumplió-.
No se trata solo de que Grecia pierda, también de que su derrota sea visible. Y es difícil creer que la revancha vaya a pararse ahí. No es casual que los ministros de Finanzas de lo que podríamos llamar el bloque alemán -Finlandia, Austria, Eslovaquia, la propia Alemania- repitiesen, uno tras otro, en el precalentamiento de la cumbre de ayer, que «el problema es la falta de confianza». Lo que insinúan es que también quieren la cabeza del primer ministro griego, posiblemente reemplazado en un futuro próximo por un Gobierno de unidad o, mejor aún, una tecnocracia. Para ser justos, no es solo revancha. Es cierto que no tiene sentido que el garante de los nuevos recortes en la economía griega sea un partido que nació exclusivamente para oponerse a ellos. Syriza tuvo al alcance de la mano exactamente lo que quería cuando se creó: liberar a Grecia del yugo del euro; pero le faltó el coraje o la convicción suficiente para hacerlo, y ahora cabe preguntarse qué sentido tiene siquiera que siga existiendo como fuerza política.
A pesar de su triunfo aplastante, el bloque alemán tampoco está satisfecho. Le ocurre algo parecido: por un momento tuvieron en su mano sacar a Grecia del euro, pero no se atrevieron. Ahora empiezan a arrepentirse. Temen que el Gobierno de Syriza no cumpla sus nuevas promesas, pero también que las cumpla, porque a estas alturas ya todos saben que un tercer rescate no resolverá nada. Para Tsipras ha sido fácil lograr un no a la austeridad, pero imposible capitalizarlo en Bruselas. Para Alemania va a ser fácil imponer más reformas a Grecia, pero no está claro que eso vaya a salvar al euro. Esa es la gran tragedia de algunas negociaciones: no solo que muchas veces uno no puede conseguir lo que quiere, sino que a veces, cuando lo consigue, descubre que quería lo contrario.