No se trata de Varufakis


Existe en la crisis griega la tentacion de explicarlo todo en forma de cuento moralista. Surgen así esas caracterizaciones emotivas según las cuales no se llega a una solución porque los griegos son unos caraduras, su Gobierno unos maleducados, y la Unión Europea una santa madre que acepta con paciencia las impertinencias de sus hijos díscolos. En Grecia, por supuesto, las caracterizaciones son las contrarias. Y en ambos casos resultan inútiles. Yanis Varufakis puede parecer simpático o provocador, y uno puede tener más o menos proximidad ideológica con el Gobierno de Alexis Tsipras, pero lo cierto es que ni el carácter del ministro griego ni el radicalismo de los de Syriza (que, dicho sea de paso, no han tomado de momento ninguna medida que se pueda considerar radical, ni siquiera izquierdista) importan gran cosa. De hecho, su estrategia negociadora es la misma que la del ejecutivo conservador precedente, con la única diferencia de que este Gobierno tiene un mandato expreso en las urnas para no ceder, lo que le da (algo) más de fuerza en la negociación.

En pocas palabras: Grecia tiene una deuda que no puede pagar. Incluso si Atenas lograse un más que improbable superávit sostenido del 2-3 por ciento anual tardaría más de medio siglo en hacerla sostenible. En estos casos el procedimiento habitual es la bancarrota y la reestructuración con una rebaja considerable o, en algunos casos, el impago. El acreedor pierde dinero y el deudor pierde crédito, con lo que tendrá que pagar más por futuros préstamos, si los consigue. Es una solución mala para todos, pero inevitable. Ha ocurrido miles de veces. Lo extraño en este caso, pues, no es lo que quiere Grecia sino lo que quiere la UE, que desde el principio se empeñó en impedir la bancarrota griega por temor al desprestigio que esto supondría para toda la zona euro. Lo que Bruselas propone (en realidad, exige) a los griegos es poco menos que insólito: que acepten cargar con esa deuda asfixiante durante medio siglo más a cambio de financiársela, reservándose el derecho de veto sobre su política económica. No es que Europa quiera «esclavizar» a los griegos. Es más bien una medida desesperada para mantener la imagen del euro como moneda estable. Pero se trata de una idea extravagante e irrealizable, imposible en un sistema democrático.

El resto son detalles casi irrelevantes. Los griegos, por ejemplo, ya han sufrido un recorte del 40 por ciento en sus pensiones. Leyendas urbanas aparte, ese gasto en pensiones es menor que el de Francia, Italia o Austria y solo ligeramente superior al de Alemania. La subida del IVA que pide Bruselas haría más difícil lograr un superávit, y así sucesivamente. Es cierto que Atenas puede recortar en algún sitio más pero será poca cosa. La cuestión es cuándo terminará Bruselas aceptando lo inevitable, y sobre todo cómo, dada la dificultad inherente al sistema para tomar decisiones y corregir errores. Ahora mismo ése es el verdadero obstáculo para una solución, dolorosa pero definitiva, a la tragedia griega.

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