Los bancos de alimentos multiplican su labor en la pujante capital inglesa
18 may 2015 . Actualizado a las 15:16 h.En la famosa calle Strand de Londres se ven todos los días largas colas. Unas se forman ante los espectaculares palacios convertidos ahora en museos y donde la espera llega hasta las dos horas para ver la última exposición que reúne los dibujos de Goya. Están, además, las que hacen los trabajadores que esperan en la estación de Charing Cross a que las pantallas les informen de la plataforma desde la que saldrán sus trenes para volver a casa. Y están también las colas que guardan pacientemente los consumidores en las famosas cadenas de ropa y de comida que hay en esta céntrica avenida. Pero en esta calle también hay otra cola, que se forma todos los días, aunque es más pequeña y la espera suele durar media hora. Se forma en una explanada al lado de la Embajada de Zimbabue y pasa desapercibida para muchos, pero es la que mejor explica el lado más oscuro y olvidado de la ciudad, el de la gente que tiene que acudir a los bancos de alimentos.
Las personas que tienen que recurrir a esta solución de emergencia para poder comer no son ya únicamente mendigos o sintecho. Ni siquiera todos ellos son parados, sino que cada vez hay más trabajadores que, al tener unos ingresos insuficientes para hacer frente a todos los gastos corrientes, dedican su sueldo a pagar la vivienda y las facturas básicas y carecen de recursos para la alimentación. Es lo que algunos sociólogos británicos califican ya de «precariado».
Afortunadamente, mucha gente anónima acude a estos centros para hacer donaciones. En las bolsas hay arroz, conservas de carne y pescado, frutas, verduras y bebidas de preparación instantánea. La única condición que piden los responsables de estas instituciones es que los alimentos no caduquen antes de un mes, para poder distribuirlos sin problemas.
Este es el trabajo invisible de la cooperativa de voluntarios London Street Foodbank o de la asociación de bancos de alimentos más conocida en el país, la Trussell Trust, que cuenta con 445 centros repartidos por todo el país. Las cifras de su último informe son alarmantes. Si en el 2010 solo tuvieron que atender a unas 40.000 personas, el año pasado repartieron más de un millón de ayudas.
Aunque el Reino Unido mantiene una media de crecimiento anual del 1,5 %, el país se prepara para un sexto año de austeridad. Según el último presupuesto anual, se esperan unos recortes de al menos 12.000 millones de libras (unos 16.400 millones de euros) en prestaciones sociales. Esto hace que muchos ciudadanos tengan miedo de ser los siguientes en tener que acudir a los bancos de alimentos.
«Lo primero que tenemos que hacer cuando vienen es calmarlos», explica Adrian Curtis, director de Trussell Trust, hablando de esa nueva clase social que si bien trabaja, no tiene ingresos suficientes para llegar a fin de mes. Curtis subraya que estas personas, dada la precariedad salarial, son incluso incapaces de afrontar pequeños imprevistos, como arreglar la lavadora o pagar un nuevo uniforme para los niños.
Uno de los bancos de alimentos que supervisa Curtis está en Harrow, en el norte de Londres. Opera dentro de una iglesia un par de veces a la semana, donde un grupo de voluntarios, de los 30.000 que forman esta organización a nivel nacional, dan su tiempo «para ofrecer apoyo sin prejuicios y ser compasivos con los más necesitados».
Mientras los multimillonarios del Reino Unido han duplicado sus fortunas desde la crisis y el total de su riqueza asciende a más de 711.000 millones de euros, según la Oficina Nacional de Estadísticas, los salarios reales en Reino Unido han caído desde el 2010 un 2,2 % y el salario mínimo se sitúa en 6,5 libras la hora, lo que supone que el 20 % de los trabajadores tienen un sueldo insuficiente y necesitarán en algún momento tirar de los bancos.