Si las negociaciones sobre el programa nuclear iraní tratasen realmente sobre el programa nuclear iraní habrían concluido con éxito hace tiempo. El problema es que no tratan de eso, o al menos no principalmente. Las cuestiones técnicas, a las que se ha venido echando la culpa del retraso en alcanzar un acuerdo, eran en gran medida una excusa. En Lausana, en el mismo hotel en el que se firmó el tratado de 1923 que hizo de Oriente Medio el polvorín que es hoy, lo que se discutía era otra cosa: el futuro estatus de Irán en la comunidad internacional. En 1979 la revolución jomeinista convirtió al país en un paria. Todos estos años, su programa nuclear ha sido una herramienta de Teherán para forzar una negociación que pusiese fin a ese aislamiento y las sanciones que han limitado el crecimiento del país.
En Washington eran ya muchos los que creían llegado ese momento de reincorporar a Irán al concierto de las naciones. La razón estaba en las portadas de los periódicos que les entregaban a los negociadores estos días con su desayuno: las milicias iraquíes, formadas y teledirigidas por Irán, han logrado recuperar por primera vez una ciudad importante de manos del Estado Islámico. En el nuevo escenario que se avecina en Oriente Medio Irán es indispensable como compañero de viaje para luchar contra el yihadismo suní. Pero esta obviedad choca con una inercia de décadas, y sobre todo con los intereses de algunos aliados de EE.UU.
Arabia Saudí e Israel no querían que hubiese acuerdo, ninguna clase de acuerdo. No porque teman que Irán acabe construyendo un arma nuclear, algo improbable y menos relevante de lo que parece, sino porque quieren que siga aplastado indefinidamente por el peso de las sanciones. No se van a rendir fácilmente, ni siquiera después de este principio de acuerdo. Una vez se hayan finalizado los detalles a finales de junio, el equipo de Obama todavía tendrá que venderle el resultado a un Congreso dominado por los grupos de interés saudí e israelí. También el gobierno moderado iraní sabe que tendrá que afinar mucho la retórica en la que ha de envolver esta mercancía para hacerla aceptable en el Teherán radical. A la cúpula de la poderosa Guardia Revolucionaria, bajo cuya protección está el programa nuclear, le sigue pareciendo suicida renunciar a la baza atómica, mientras que el Líder Supremo, Alí Jameneí, no quiere que se visualice a Irán cediendo en nada. Está claro que la rueda de prensa de ayer y la solemnización del principio de acuerdo pretendían precisamente crear una atmósfera y una dinámica que dobleguen las resistencias de unos y otros. El verdadero trabajo de persuasión comienza ahora para ambas delegaciones, esta vez en sus propios países.