Cambio de pareja en Bagdad


Es una extraña batalla que parece transcurrir al mismo tiempo en el pasado remoto y en el presente, hace milenios y ahora mismo. Mientras en la región de Nínive los fanáticos del Estado Islámico intensifican su campaña contra los imperios desaparecidos de Asiria y Partia, más al sur, el Gobierno de Irak lanza una ofensiva contra Tikrit, el bastión más expuesto del Estado Islámico. Y lo hace después de reabrir el museo arqueológico de Bagdad, cerrado por guerra civil durante una década.

El asalto a Tikrit es un experimento, tanto militar como político. Está claro que el ejército regular no va a estar nunca en condiciones, de modo que la idea es usar a las mucho mas motivadas milicias chiíes como fuerza de choque, pero bajo el mando de comandantes iraníes, que también aportan algunas tropas de élite. De momento, el avance da la impresión de ir demasiado lento, pero es pronto para predecir el resultado. Los efectos políticos, en cambio, son ya visibles. Desde hace años existe entre el Gobierno iraquí y el iraní una discreta alianza, pero con esta iniciativa Bagdad anuncia solemnemente un cambio de pareja y hace saber a Washington que ya no se considera obligado a consultarle acerca de sus decisiones militares.

Teherán, por su parte, no hace sino proteger sus intereses, tanto al fortalecer su presencia en Irak como enfrentándose al Estado Islámico, que no deja de ser una amenaza en su frontera. Pero, de paso, también envía un mensaje a los senadores y congresistas que hace poco aplaudían entusiasmados en el Capitolio las diatribas antiiraníes del primer ministro de Israel: en algunos asuntos clave, los intereses norteamericanos coinciden más con los de sus enemigos iraníes que con los de sus aliados saudíes, o incluso israelíes. Al fin y al cabo, son Irán y sus aliados quienes están dando la batalla al yihadismo, no solo en Irak. También en Siria y en Líbano, donde Hezbolá combate junto a los cristianos contra los radicales suníes, o en Yemen, donde la milicia chií huti lucha contra Al Qaida

Esto se entiende en Washington, pero es una verdad que se administra con prudencia. De momento, la Casa Blanca ha dado orden a su aviación de no apoyar esta ofensiva pretextando que Bagdad no lo ha pedido formalmente. En los pasillos de la Casa Blanca, sin embargo, se hacen votos para que el ataque contra Tikrit tenga éxito. La única preocupación que se verbaliza es que se puedan producir matanzas de civiles suníes, y que esto termine por empujarles en brazos del Estado Islámico. Es un temor justificado, en vista de los precedentes, pero tardío. La brecha sectaria que se abrió en Irak con la caída de Sadam Husein, como la que se abrió en Siria a raíz de la sublevación islamista contra Al Asad, son ya todo lo profundas que podrían llegar a ser. En ese sentido, y por desgracia, la guerra que consume a medio Oriente Medio se va pareciendo cada vez más a cómo lo imaginan los iluminados del Estado Islámico: como un armagedón, una batalla cósmica definitiva en la que la victoria de unos será la derrota total de los otros.

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