No es nada infrecuente que en una guerra se produzca una escalada justo en vísperas de la negociación de una tregua. Uno de los bandos, o los dos, intentan aprovechar lo que puede ser su última oportunidad para mejorar sus posiciones. En las guerras balcánicas de la década de 1990 la insistencia en convocar conferencias de paz acabó siendo precisamente uno de los principales motores del conflicto. Y es lo que está sucediendo en Ucrania. Para saber quién va ganando basta fijarse en quién propicia la escalada. En este caso son las milicias prorrusas, que antes de que se convocara la conferencia de paz estaban a punto de tomar la importante ciudad costera de Mariúpol.
Este objetivo se ha vuelto menos realista en los últimos días pero los rebeldes pretenden al menos tomar la asediada localidad de Debáltsevo, un estratégico nudo de ferrocarriles entre las dos ciudades más importantes que controlan, Donetsk y Lugansk -es ahí donde cayeron diecinueve soldados gubernamentales el martes-. Por su parte, acosado y frustrado, el Ejército ucraniano ha vuelto a hacer lo que otras veces: lanzar morteros al azar contra Donetsk para vengarse -eso es lo que ha causado la muerte de cinco civiles el miércoles-.
En principio, sin embargo, no hay peligro de que los combates desestabilicen la conferencia de paz, puesto que, en realidad, quienes llevan la voz cantante en ella no son los bandos en conflicto sino sus padrinos internacionales. Estos están de acuerdo en lo esencial, la necesidad de poner fin a la guerra y arbitrar algún tipo de autonomía para las regiones sublevadas.
Los rebeldes preferirían sin duda la independencia pero es muy posible que se conformen con una congelación del conflicto. La experiencia en estos casos dice que el resultado acaba siendo el mismo.
Moscú, deseosa de cerrar esta crisis cuanto antes, estará sin duda dispuesta a presionarles para que lo vean así. La cuestión es si Alemania y Francia -que ahora ya negocian, sin más explicaciones, en nombre de la UE- tienen la capacidad para presionar a su vez a Kiev, y si, incluso en ese caso, el presidente ucraniano Petro Poroshenko podría vender a su Parlamento y a su pueblo un acuerdo que, básicamente, supone aceptar la derrota. Para estos casos, la experiencia también nos dice algo, desgraciadamente: que continuar una guerra es a menudo una decisión menos costosa políticamente que ponerle fin.