En México, estos días, enumerar es un acto de protesta. Sucedía una y otra vez en la Feria del Libro de Guadalajara, a lo largo de la semana pasada. Del bullicioso bosque de estanterías y libros concurrido por editores, escritores y lectores, surgía de repente un grupo coordinado de activistas que habían logrado burlar la vigilancia policial. Gritaban números: «Uno, dos, tres, cuatro...». Uno por cada uno de los cuarenta y tres estudiantes de magisterio secuestrados en septiembre y probablemente asesinados por una inquietante coalición de policías locales y narcotraficantes. Al llegar al número cuarenta y tres, estalla el grito de «¡Justicia!». Es una experiencia electrizante y desoladora que se repite desde hace semanas por todo el país.

Aunque no lo parece, es también una cuenta atrás. En la puerta de la feria recojo uno de los pasquines que reparten los manifestantes. «El Gobierno nos engaña con sus reformas». Para ser justos, el gobierno también se ha engañado a sí mismo. Al comienzo de su mandato, José Peña Nieto se encontró un país harto de la guerra contra el narco de su predecesor, Felipe Calderón, y pensó que la mejor política de seguridad era olvidarse de la seguridad y centrarse en las reformas económicas. El caso de los estudiantes desaparecidos demuestra que los Gobiernos gobiernan pero no deciden sobre qué. Las medidas de Peña Nieto, ahora -cambiar el modelo policial, limitar la autonomía local- no son malas, pero sí demasiado tímidas y tardías como para generar confianza. Y la confianza es algo que escasea aún más que la seguridad. La oposición a su derecha tampoco quiere una revisión a fondo, que obligaría a destapar episodios incómodos de su tiempo en el poder. La izquierda ha visto en la movilización popular una oportunidad para debilitar la agenda liberalizadora de Peña Nieto.

El resultado es un país sumido en el desánimo y el desconcierto. Lagos de Moreno, una hermosa ciudad colonial a dos horas de Guadalajara a la que me dirigí esa tarde, es un buen ejemplo de la banalización de una violencia que antes estaba contenida en algunas regiones del país. Tranquila, sin relación con la ruta de la droga, Lagos ostenta el título de ciudad mágica por la belleza de sus casas coloniales de fachadas rosa y ocre. Desde el 2006, sin embargo, docenas de personas han desaparecido aquí sin que se sepa muy bien por qué. El año pasado, siete jóvenes fueron secuestrados simultáneamente cuando volvían a sus casas desde tres fiestas de cumpleaños distintas. Se cree que otros diez más desaparecieron aquella misma noche, pero nadie quiso presentar denuncia, por miedo. Ciudad mágica, porque la gente se desvanece sin dejar rastro, ironizan algunos. Si un lugar como Lagos no está a salvo, ¿qué esperanza puede tener México? De regreso, intento hablar sobre la situación con mis acompañantes, profesores de la escuela preparatoria, pero prefieren evadir el asunto y centrarse en el éxito de la Feria de Guadalajara. El único comentario son las águilas que giran en círculos sobre la camioneta. El símbolo del país, visto desde abajo, a veces pare hermoso y otras amenazante.

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México está sumido en el desánimo