La corrupción salpica a toda la UE

La Comisión Europea cifra en 120.000 millones las pérdidas anuales que causa


Bruselas / Corresponsal

En Grecia lo llaman «fekelaki», en Rumanía «spaga» y en España lo conocemos como soborno. Es una de las prácticas corruptas más extendidas por el sur y el este de Europa, regiones donde la crisis ha hecho florecer un número ingente de escándalos. Alcanza a todas las capas de la sociedad. En algunos casos llega a convertirse en parte esencial del engranaje del Estado, una pieza más en su funcionamiento. Sin embargo, no es un fenómeno exclusivo de estas latitudes: «La corrupción varía en su naturaleza y alcance de un país a otro pero afecta a todos los Estados miembro», es la demoledora conclusión a la que llega la Comisión en su último informe sobre corrupción. La institución cifra en 120.000 millones de euros las pérdidas anuales para la economía de la UE a causa de las corruptelas.

En España y Portugal parte de la clase empresarial y política teje redes clientelares para influir y amañar contratos públicos en sectores como la construcción y los servicios de gestión de residuos, los más expuestos. El dinero negro corre a raudales y acaba en cajas B de partidos o en cuentas particulares en paraísos fiscales. No es solo una percepción del ciudadano. Los datos que maneja Bruselas así lo confirman. El caso Bárcenas y la trama Gürtel son los escándalos más paradigmáticos. En Portugal todavía se recuperan de la impresión que causó ver a su ex primer ministro, José Sócrates, en la cárcel por corrupción y fraude fiscal.

Italia sabe que sus problemas tienen raíces más profundas. Las mafias siguen enquistadas en el Gobierno y las administraciones públicas. Las dimisiones y detenciones de alcaldes por malversación de fondos públicos, corrupción y colaboración con bandas criminales están a la orden del día. Aunque no cabe duda de que si hay que poner rostro a la corrupción italiana, es el del ex primer ministro, Silvio Berlusconi, quien podría ser investigado de nuevo por presunta asociación mafiosa.

El recorrido por el mapa de la corrupción en la UE tiene una parada obligatoria en Grecia. Los «fekelaki» quedan en segundo plano cuando salen a relucir los graves problemas de Atenas con la evasión fiscal. La famosa Lista Lagarde en el 2012 sacó a relucir 2.000 nombres de defraudadores, muchos de ellos altos cargos del Gobierno. El golpe llegó en plena depresión y con las calles ardiendo por los recortes.

Todos los países citados experimentan serios déficits en lo que se refiere a la rendición de cuentas en el sector público, graves problemas de ineficiencia, malas prácticas y corrupción «arraigada», según Bruselas. La organización Transparencia Internacional critica que no hay «suficiente control ni suficientes sanciones».

En otra liga juegan los países del este. Rumanía y Bulgaria arrastran una corrupción heredada de la época soviética que se traduce en sobornos y redes mafiosas. Bruselas admite cansancio y frustración por su incapacidad para encauzar a Bucarest y Sofía. Son los países que experimentan mayores retrocesos en materia de lucha contra la corrupción. El Gobierno rumano llegó a despenalizarla en el 2013.

El abanico de actividades criminales es muy amplio cuando se mira al sur o al este pero, ¿qué ocurre en el norte? ¿Desayunan todos los días con un nuevo escándalo? Ciertamente el activismo y la conciencia social son el mejor mecanismo que utilizan para prevenir esos fenómenos. En Holanda la rendición de cuentas es ejemplar. Este clima ayuda a despejar la desconfianza de los ciudadanos pero no los exime de sufrir corrupción. Incluso Dinamarca, campeón de la transparencia, ha sumado este año un manchón a su noble historial a costa del festival de Eurovisión.

Aquí, la corrupción se manifiesta a través del abuso de poder, la financiación ilegal de partidos a gran escala y el soborno de compañías en el extranjero. El sector financiero es el que está más expuesto en estos países a la corrupción. También se detectan casos de compañías que cometen delitos fuera de sus jurisdicciones de forma que la imagen que se empaña es la de otros países (caso Siemens y Philips).

El caso de Francia es peculiar. El alto grado de centralización hace que no se le preste atención a las corruptelas locales, pero la sensación de integridad es falsa. Solo hace falta dar un repaso al historial de escándalos que rodean a figuras de primera talla como Sarkozy, Lagarde o Chirac. La financiación ilegal de partidos es el común denominador con sus vecinos europeos.

Alemania y Reino Unido también han tenido escándalos de primera magnitud pero han depurado responsabilidades de inmediato. Si hay algo que diferencia al norte del sur es el grado de rendición de cuentas. La sensación de impunidad en países como España e Italia anima a imitar patrones corruptos. «Existe riesgo de prescripción de delitos», asegura Bruselas antes de apuntar a la «falta de voluntad política» y a la falta de coordinación europea como causas principales.  

El presidente de la Comisión, Jean Claude Juncker, prometió ponerle coto al problema, pero el programa de transparencia con que llegó a Bruselas le estalló en las manos tras el escándalo Luxleaks, la muestra de que no hay institución, frontera o país en Europa libre de corrupción.

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