Las elecciones a mitad de mandato en Estados Unidos tienen el mismo nombre que un examen muy temido por los estudiantes de ese país, el midterm. Barack Obama tiene también razones para temer su examen de mitad de mandato el próximo martes. Los demócratas podrían perder su mayoría en el Senado y, aunque es tradicional que al partido del presidente no le vaya bien en estas elecciones, si se cumplen los pronósticos, los números rojos de Obama serían históricos, quizás los peores desde Truman. Será el último examen de su presidencia -a menos que vuelva a presentarse- y parece un final triste para una aventura que comenzó envuelta en un góspel de promesas de cambio y redención. Sin embargo, refleja algo que, precisamente, las votaciones del martes ejemplifican: sin el control de las cámaras -de «la colina», como se las llama por el lugar topográfico y simbólico que ocupan- hay muchas cosas que el presidente no puede hacer.
Obama ya perdió el control del Congreso en el 2010. Aquellas elecciones a mitad de mandato fueron las cruciales, no estas. Fue entonces cuando Obama descubrió que había dilapidado su inmenso capital político de partida tratando de lograr un consenso imposible con los republicanos en los tiempos del Tea Party. A partir de aquel momento tuvo que bajar a la tierra y aparcar o rebajar sus ambiciosos proyectos y quedarse solo con la retórica.
Obama no ha sido un presidente incomparable, como se esperaba. Sí uno comparativamente bueno. Pero de un hombre de quien se esperan milagros nadie se conforma con una buena gestión. La de Obama lo ha sido, más de lo que le conceden sus críticos e incluso sus seguidores. La economía y el empleo han mejorado. Obamacare, como se conoce popularmente al programa de seguros subvencionados con el que el presidente tuvo que reemplazar su proyecto de seguridad social, funciona mejor de lo previsto. Su política exterior, con todas sus indecisiones y errores, ha sido más sensata que la de todos sus antecesores desde Carter. Pero no ha habido magia. Quizás el fracaso de Obama es más el fracaso de la política y las expectativas que genera, la constatación de que las sociedades evalúan a los políticos con un realismo que les falta cuando les votan.
Pero la política es así. Si pierde el Senado, Obama tendrá que dedicar ya el resto de sus energías a hacer aprobar los presupuestos y proteger precariamente con su veto las contrarreformas que puedan intentar los republicanos. Se espera que no sean tan agresivos como lo han sido hasta ahora. En parte porque ya no será necesario y en parte porque algunos de los logros de esta presidencia son ya sólidos: hay más de diez millones de americanos felices de tener un seguro sanitario y pronto serán más. Ya nadie discute por eso apenas. A partir del martes, el ojo estará ya puesto en las presidenciales del 2016.