21 sep 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

El referendo escocés ha resultado en una paradoja: ha ganado una opción que no estaba en la papeleta. En su momento, el líder independentista Alex Salmond había querido incluir lo que en lenguaje político hispano-catalán llamaríamos una «tercera vía»: más autonomía como opción alternativa al mantenimiento del statu quo y la independencia. David Cameron se negó. Fue él quien impuso el todo o nada, para inquietud de Salmond. Entonces las encuestas ponían el voto por la indepedencia en torno al 30 por ciento y Cameron pensaba que el independentismo era un truco escocés para conseguir más poder y dinero del Gobierno central.

Si era un truco, ha funcionado gracias al propio Cameron. Su nerviosismo, y el de los otros líderes políticos de Westminster, lo llevó a prometer esa tercera vía si ganaba el no, de nuevo para irritación de los indepedentistas, que lo vieron como un engaño y una irregularidad (no les faltaba razón: la votación por correo ya estaba en marcha para entonces). Pero esa promesa hecha en un momento de pánico ha cambiado completamente la lectura del resultado. En cierto modo se puede decir que lo ha anulado y ha vuelto a colocar todo donde estaba hace dos años. Con una diferencia importante: La promesa que se ha hecho de mayor descentralización no afecta ahora ya solo a Escocia. En un intento de que no pareciese una concesión desesperada, el compromiso es reconfigurar completamente la relación entre todas las naciones formantes del Reino Unido. Nada menos. Es, de nuevo volviendo al vocabulario político español, el café para todos.

Con esto, Cameron vuelve a practicar una huida hacia adelante. Podría salirle bien. La creación de un parlamento inglés sin la influencia de los diputados escoceses es una causa populista en Inglaterra, lo que puede salvar su liderazgo que en estos momentos está muy cuestionado. Podría incluso lograr un auténtico milagro: que, aunque los conservadores pierdan las elecciones del año que viene, como ahora mismo se da casi por hecho, gobiernen de todos modos, al menos en Inglaterra, la porción más populosa e importante del Reino Unido (una mayoría laborista es muy difícil sin los diputados escoceses).

Los laboristas ya empiezan a sentirse engañados. Los nacionalistas escoceses, a los que su líder Alex Salmond ha intentado salvar del estigma de la derrota inmolándose, se preparan por su parte para aprovechar la brecha que Cameron ha vuelto a abrir. «Leyes inglesas en las tierras inglesas» decía el primer ministro el viernes en Downing Street. A nadie le pasó desapercibido que sonaba como un discurso nacionalista. Es como si el no hubiese adoptado el discurso del sí después de haberlo derrotado.

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