Rebelión antes de convertirse en pato cojo


Este no era el mandato que Barack Obama había soñado cuando hace cinco años juró como el primer presidente negro de Estados Unidos. El Yes, we can se ha quedado en un quizás podamos o nos dejen.

Pero el político que prometió gobernar con y no contra los republicanos, dejando atrás el polarizado mandato de su antecesor George W. Bush, se ha hartado de lidiar con un Congreso que ha echado por tierra muchas de sus promesas -como el cierre de la prisión de Guantánamo o la restricción de la venta de armas- y sigue poniendo piedras en el camino de su reforma sanitaria, la legalización de la situación de millones de inmigrantes o la subida de impuestos a los ricos. La noche del martes dijo basta y optó por el enfrentamiento y la amenaza de gobernar a golpe de decreto.

Un discurso que revela su frustración, pero también el deseo de aprovechar el tiempo para afianzar su legado antes de convertirse en un lame duck (pato cojo), como se definen a los presidentes al final de su mandato cuando su influencia se evapora y el país está más pendiente de su sucesor que de él.

A partir de ahora ignorará al Congreso. Una estrategia no exenta del peligro de abrir aún más la brecha con los republicanos, pero también puede llamar al voto de la clase media y de los hispanos que lo auparon a la presidencia de cara a las elecciones de noviembre en las que se renueva el Congreso y el Senado.

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