A Merkel lo que es de Merkel


Llegan las elecciones alemanas y van a más dos sensaciones: que es más que probable un gran resultado de Angela Merkel entre sus ciudadanos; y que tal cosa no se produciría si votáramos todos los europeos, pues al actual gobierno alemán se le hace responsable de incontables errores de una política económica que ha colocado a Europa a la cola de la recuperación. En esta columna se han reiterado argumentos que avalan esa visión, según la cual no pocos problemas se vieron agravados por la aplicación sin matices de un dogma muy discutible. Sin embargo, en esta hora de balances, debe constatarse que la doctrina Merkel cuenta también con razones convincentes. Mencionaremos dos muy notables que, sin embargo, tampoco carecen de puntos débiles.

En primer lugar, detrás de la obsesión por la austeridad late un más que justificado temor a los excesos del sobreendeudamiento. La envidiable base industrial del país, la consistencia del llamado modelo renano y las malas experiencias del siglo XX confluyeron en el empeño de sostener el crecimiento durante los años previos a la crisis, no en deudas masivas, sino en el propio ahorro. No hay que decir que mucho mejor nos hubiera ido a nosotros con esa misma prudencia. Sin embargo, una vez explotada la gran burbuja, la corrección de los desequilibrios exige sacrificios para los endeudados, pero también para los acreedores; no solo porque son también responsables de aquellos excesos, sino sobre todo porque la historia muestra que sin repartir costes, las crisis financieras graves nunca acaban de arreglarse. Y eso Merkel no parece haberlo entendido.

En segundo lugar, en la visión alemana de los problemas europeos predomina, muy acertadamente, un enfoque de largo plazo, que sitúa en el centro del escenario las ganancias de competitividad ante los cambios estructurales que impone la economía global. El problema aquí es de método y prioridades: el gobierno Merkel busca en su propio país dinamizar la capacidad competitiva con bajadas de salarios, pero no olvida otros factores aún más determinantes (impulso del I+D, mejora de la educación); sin embargo, para otros países se queda en la imposición de lo primero. Además, las principales reformas alemanas se hicieron en un contexto favorable de políticas macroeconómicas, en tanto que ahora para la periferia europea se pretende lo imposible: que caminen juntos reformas estructurales y ajustes.

La clave de que esas buenas razones hayan finalmente producido monstruos no está en ningún supuesto afán hegemónico germano: al contrario, radica en el escapismo de Merkel ante la condición de líder que la fortaleza económica y demográfica de su país le confiere. Un liderazgo que en las condiciones actuales ha de ejercerse con una altura de miras que hasta el momento han faltado a la canciller. Pero tampoco se gana nada blandiéndolo como espantajo ante cada una de nuestras dificultades.

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