Un argentino pone rostro a la explosión en la ciudad de Rosario
10 ago 2013 . Actualizado a las 07:00 h.El mundo a los cuatro vientos Argentina
Un argentino pone rostro a la explosión en la ciudad de Rosario
La fuga de gas que destruyó un edificio de nueve pisos y otros aledaños en el centro de la ciudad argentina de Rosario dejó una tragedia que todavía no terminó. El desastre, que causó 13 muertos y 8 desaparecidos, impactó de tal modo en la sociedad que los partidos suspendieron sus campañas para las elecciones primarias de mañana. Los promotores del cacerolazo convocado el jueves contra la corrupción del Gobierno de Cristina Fernández tampoco tuvieron más remedio que aludir a él en sus demandas.
Es una consecuencia lógica. La retina colectiva de los argentinos conserva fresca la imagen de un hombre que se acerca a los periodistas con los puños cerrados y los ojos llorosos en medio del caos de los primeros momentos. «Me llamo Miguel. Yo vivía en el segundo piso», dice.
Fue el inicio de un monólogo que se coló en todas las televisiones, un directo con más impacto que las imágenes de destrucción. «Me salvé porque fui a buscar la radio a la habitación. Cuando oigo la explosión y veo que caen vidrios, me voy a la pieza de mi hija, que estaba cubierta de trozos de cristales. Me corto los pies mientras levanto a mi hija y a nuestra perrita chiquita en brazos. Salgo como puedo del apartamento y veo a la vecina del cuarto piso que está como perdida en medio de la escalera. Después de una explosión viene una bruma y viene un silencio que te destroza».
Miguel va cambiando. Su cara se tensa, su tono de voz sube pero no corta el relato. «Perdí todo, no hay nada, nos quedamos sin nada. No podemos ni entrar a la casa, pero supongo que no queda nada. Perdimos todo. Treinta años hace que vivimos allí. Treinta años conviviendo con esta gente que ahora está muerta allí».
El relato se tiñe de indignación. «Fue una carnicería, porque ahí hay más gente muerta, hay vecinos muertos. Nosotros somos clase media, trabajadores. No podemos morir así, no podemos morir por el descontrol, no se muere la gente así, los jóvenes no se mueren así». Miguel repite la frase «no se muere la gente así, los jóvenes no se mueren así», y se quiebra en llanto.
Un periodista se atreve a interrumpirlo: «¿Por qué habla de descontrol?» Miguel, señalando el edificio destruido, convierte su dolor en acusación: «El gasista y el ayudante ya lo dijeron el juez y a los fiscales: van a entrar en un estrago culposo. ¿Y los muertos y los heridos en qué entramos? En la nada. Esto es un descontrol».
Miguel perdió todo pero salvó su vida y la de su hija. Su cara, sus lágrimas y sus palabras se convirtieron en un icono de la tragedia, trasladando a un segundo plano el rostro sonriente de los candidatos. ¿Cómo no iban a echar el cierre a la campaña?
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