Permiso para cometer masacres

La matanza del 8 de julio es un precedente y la de ayer, el inicio de una costumbre


No era difícil imaginar que ayer habría una masacre en El Cairo. El general Sisi, el líder del país (con todos los respetos para la tramoya civil que interpreta el papel de gobierno), había llamado a los egipcios a manifestarse el viernes y así «dar permiso al ejército para luchar contra el terrorismo». Como ningún ejército necesita permiso para eso, estaba claro que se refería a otra cosa: a desalojar de las calles por la fuerza a los fieles al depuesto presidente Mursi. Desde el golpe de estado, hace casi un mes, han estado protestando con sentadas multitudinarias que, para preocupación del régimen, han resultado ser demasiado pacíficas. Este hecho, quizás insuficientemente resaltado, resulta incómodo porque echa por tierra uno de los argumentos con los que se construyó el golpe: el de que los Hermanos Musulmanes estaban dispuestos a usar la violencia para perpetuarse en el poder. Lo cierto es que ni siquiera la están usando para recuperarlo.

También el general Sisi tiene una base de apoyo amplia, fundamentalmente entre las clases medias, los nostálgicos de Mubarak y los que hasta hace un mes se describía, sin duda exageradamente, como «demócratas y liberales». Su llamamiento, en consecuencia, movilizó de nuevo a centenares de miles de personas. Esta vez no se divulgó, como hace un mes, el disparate de que había «millones», posiblemente porque la manifestación rival era palmariamente del mismo tamaño. Pero el permiso para «luchar contra el terrorismo» estaba dado y el ejército se dirigió a romper la gran sentada de los partidarios de Mursi en Ciudad Nasr.

Lo hicieron lanzando gases lacrimógenos, mientras que grupos de francotiradores abrían fuego desde los tejados de la Universidad de al-Azhar, el lugar en el que en 2009 Barack Obama pronunció su famoso discurso de El Cairo animando a los egipcios a abrazar los principios de la democracia. El resultado: docenas de muertos con disparos en la cabeza.

Al menos, lo ocurrido aclara la anterior matanza de más de 50 personas el 8 de julio. Entonces las autoridades militares consiguieron sembrar la duda en muchos medios occidentales, responsabilizando a unos misteriosos pistoleros de los que nada se ha sabido luego. El modus operandi fue exactamente el mismo que en la madrugada de ayer, de modo que aquella masacre puede considerarse ya como un precedente, y esta, digamos, como la inauguración de una costumbre. Como, a pesar de todo, la protesta sigue, es fácil predecir que pronto volverá a correr la sangre.

Es posible que los militares aún no capten la ironía: depusieron a Hosni Mubarak «por matar manifestantes» y ellos han matado docenas en menos de un mes. Sin embargo, es poco probable que el general Sisi se deponga a sí mismo. De hecho, la escabechina de ayer coincidía con el anuncio de que, tras muchas vueltas, los jueces se han decidido por acusar al depuesto presidente Mursi de traición. Todavía no está claro en qué ha consistido exactamente esa traición (ni siquiera para el propio interesado), aunque cabe esperar que antes o después se les ocurra algo.

Lo importante para los generales es que la comunidad internacional (es decir, la Unión Europea y Estados Unidos) siguen apoyándoles sin reservas. Ayer, tan solo se murmuró una tibia llamada a evitar la violencia «por ambas partes» (los muertos son, en realidad, todos de una sola parte). Es una luz verde o así lo interpretarán los nuevos amos de Egipto, que, en realidad, son sus amos de siempre.

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