El golpe descoloca a Occidente y la región


Quienes buscan la mano de la CIA detrás de todos los golpes de Estado lo tendrán difícil en el caso de Egipto. Estados Unidos no solo no ha promovido este, sino que lo contempla con una discreta preocupación. Para Washington, Oriente Medio se reduce a una palabra: Israel. Su política consiste en favorecer a quien lo acepte y acosar a quien no (el resultado de este simplismo son desastres como el de Siria e Irak). La Casa Blanca sostenía a Mubarak por ese motivo, y no le retiró su apoyo hasta que se aseguró que lo reemplazaría el Ejército. ambién Mursi tuvo que dar garantías respecto a Israel. En su año en el poder, mantuvo a Gaza bajo control y protegió la frontera hebrea de incursiones de los grupos armados. De hecho, esta fue una de las razones de su impopularidad.

Pero la heterogénea alianza de nacionalistas de derecha e izquierda en los que se ha apoyado el golpe es menos acomodaticia que los islamistas, y no aceptará fácilmente componendas con Tel Aviv. Lo único tranquilizador para Washington es de nuevo el Ejército que, aunque también nacionalista, se financia en su cuarta parte con dólares del contribuyente norteamericano. Por eso Obama evitó ayer cuidadosamente el término «golpe de Estado». Si pronunciase esas palabras mágicas, estaría obligado por ley a suspender la ayuda militar a Egipto. Europa, como es habitual, se pegó a la rueda de Washington.

Más interesantes son las reacciones en la zona. Algunas se explican fácilmente, como las audibles carcajadas de Bachar el Asad, a quien Mursi había conminado a «marcharse», o la inquietud de Turquía, que tiene también un Gobierno islamista y un Ejército inclinado al cuartelazo. Requiere más explicaciones la, en principio, llamativa alegría de Arabia Saudí. La clave: Mursi no estaba financiado por ellos sino por su rival Catar, y tanto el arquitecto del golpe, el general Sisi, como el nuevo presidente interino, Adli Mansur, son hombres próximos a Riad, donde vivieron y trabajaron muchos años.

Los saudíes vuelven así a ganar el ascendiente que habían perdido con la revolución (Hosni Mubarak era también «su hombre») y el partido que apoyan, el salafista Al Nur, que se ha manifestado contra Mursi, tiene ahora la oportunidad de crecer a costa del eclipse en marcha de los Hermanos Musulmanes.

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