Vivimos en una sociedad extremadamente vulnerable al terrorismo, lo que inevitablemente convierte a este en una estrategia más eficaz y por tanto más probable
21 abr 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Hay muchas definiciones posibles del terrorismo. Una de las mejores es la del gran pensador conservador francés Raymond Aaron: sería una acción violenta cuyo impacto psicológico es desproporcionado con respecto a su impacto físico. Desde este punto de vista, los atentados de Boston son un ejemplo casi perfecto de terrorismo. Dos bombas toscamemente elaboradas por aficionados, tres muertes y más de un centenar de heridos han logrado crear un drama global que ha llevado al cierre de una gran capital, activando un protocolo de seguridad solo previsto para un ataque nuclear.
Este comportamiento desproporcionado tiene que ver con muchas cosas: la omnipresencia de los medios y «globalización de la curiosidad», el valor que se otorga al bienestar de los ciudadanos y el temor de los responsables públicos a asumir riesgos. No son cosas malas en sí, pero el resultado es una sociedad extremadamente vulnerable al terrorismo, lo que inevitablemente convierte a este en una estrategia más eficaz y por tanto más probable. En países con más experiencia, como Israel, los restos de un atentado se limpian inmediatamente y se evitan las conmemoraciones o las muestras públicas de pesar o de angustia. Limitar el impacto psicológico es parte del trabajo de limitar el daño que causa el terrorista.
El que en Estados Unidos esto se haga exactamente al revés revela al menos algo positivo: lo raras que son allí estas tragedias. El problema está en que estas reacciones excesivas inducen expectativas que luego son imposibles de cumplir. A cada atentado sigue una batería de nuevas restricciones de las libertades y ampliaciones del poder de los organismos de seguridad cuya eficacia es más que dudosa. Baste decir que uno de los dos sospechosos de Boston fue investigado durante cinco años por el FBI. Hay cosas que, simplemente, no se pueden prever porque la mente humana es más compleja que el más sofisticado de los sistemas de análisis.
También el terrorismo, en sí, es un fenómeno demasiado complejo para resumirlo en un solo término. De hecho, lo llamativo de los atentados que sufre ocasionalmente Estados Unidos es que son, sorprendentemente, una sucesión de excepciones, de rarezas, de formas híbridas de terrorismo que en otros países son raras o inexistentes. Y estos atentados de Boston siguen esa pauta. La motivación parece ser yihadista, foránea (y quizás inspirada por alguien desde el exterior), pero los protagonistas y el desarrollo del drama son inquietantemente domésticos. Eran norteamericanos, aunque fuese de adopción. Boston era su ciudad, y se quedaron en ella después del atentado. Todo acto de terrorismo es absurdo por definición, pero por lo general es legible, su simbolismo es comprensible, y este no lo es. Un maratón no tiene ningún significado político. Esa es quizás la última bomba que han plantado los hermanos Tsarnáev: la de la duda.