Al Asad reaparece con un discurso en el que no cede ante los rebeldes

Calificó a los opositores de «terroristas» y «marionetas de Occidente» y se negó a negociar

El nivel de destrucción en Siria es dramático.
El nivel de destrucción en Siria es dramático.
Weedah Hamzah
Estambul, Beirut / DPA

Por primera vez desde hace más de medio año, el mandatario sirio, Bachar al Asad, se dirigió a su pueblo con un discurso desde la casa de la cultura y las artes en el centro de Damasco, seguido por una multitud y emitido por televisión. Enfundado en un traje negro, con la mirada seria, lamentó que en Siria ya no haya alegría ni luz desde que los «terroristas» comenzaron a atacar el país.

Desde el comienzo de la revolución, en marzo del 2011, Al Asad solo se dirige a la opinión pública en contadas ocasiones. Y el contenido apenas cambia, aunque el sangriento conflicto lo ponga cada vez más contra la pared. En cada una de sus frases, el mandatario dejó claro que él y quienes le son fieles son los buenos, y el resto, los malos, «asesinos» y «terroristas».

Detrás de Al Asad se veía la bandera siria, sobre la que se dibujaban los rostros de las víctimas de la guerra civil, que suman ya más de 60.000. Su discurso fue interrumpido una y otra vez por aplausos. Y de boca de todos, bien estudiado, salía el lema «sacrificamos nuestra sangre y nuestras almas por usted, Bachar».

Sin novedades

«Palabras vacías» de un dictador sin nada serio que decir, comentaba un opositor al régimen. «El criminal de Al Asad no ofrece otra cosa que amenazas arrogantes. No entiende que no está en situación de ocupar la cúpula de Siria durante la transición», escribió el político opositor Obeida Nahas en Twitter.

El portavoz de la principal plataforma opositora, Walid al Buni, vio el discurso sobre todo como un mensaje a los aliados. Rusia y China deben saber que solo es posible una solución con Al Asad, dijo a DPA sobre su interpretación del discurso. Y eso quedó claro ayer: el mandatario no piensa ceder.

A lo largo del crudo conflicto se ha especulado una y otra vez sobre una posible retirada de Al Asad. Muchos incluso lo veían ya de camino al exilio en Moscú, Venezuela o incluso en los brazos de su archienemigo Catar. En una entrevista, el exoftalmólogo llegó a coquetear con la posibilidad de dirigir una clínica. Pero la guerra civil pasa factura.

Recientemente, el diario The Washington Post lo describía como un mandatario cada vez más paranoico. Al Asad solo deja que se acerquen a él sus hombres de mayor confianza y duerme cada noche en un dormitorio diferente por miedo a sufrir un atentado, sostiene el rotativo.

Sin embargo, tales precauciones no salvaron de su destino al dictador libio Gadafi o al iraquí Sadam Huseín.

Aferrado al poder

Es sorprendente que un hombre que en realidad no quería gobernar un país luche por el poder de esta manera hasta el último aliento. Porque Al Asad no solo fue una solución de emergencia tras la muerte de su hermano mayor en un accidente de tráfico, sino que en sus comienzos, en el año 2000, despertó con sus tímidos pasos hacia la liberalización esperanzas de una primavera política.

Entretanto, ha sobrevivido a muchos otros mandatarios de la región: el excéntrico Gadafi, autoproclamado «rey de los reyes de África» y que se mantuvo más de 40 años en el poder; el gran estratega Alí Abdallah Salih, que manejó durante 33 años los hilos en el empobrecido Yemen, o el «faraón» Hosni Mubarak, que gobernó Egipto durante más de tres décadas.

Sus detractores trazan paralelismos, pues en su discurso y apariciones públicas Al Asad no se diferencia mucho de Gadafi, Salih o Mubarak. Él «vivirá y morirá» en Siria, reza en definitiva su lema.

Y en eso Al Asad no está dispuesto a ceder. Lo que eso significa para Siria lo resumió recientemente el enviado de la ONU Lakhdar Brahimi: Siria se convertirá cada vez más en un país dividido, como Somalia, donde los llamados señores de la guerra tienen siempre la última palabra.

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