Barack Obama llegó de mala gana a la Asamblea General de las Naciones Unidas. No estaba como para hablar con el mundo. A punto de entrar quizás en una nueva recesión económica, con su plan de empleo convertido en un fracaso (cero puestos de trabajo) y una impopularidad creciente en las encuestas, estaba claro que el presidente no se iba a permitir uno de aquellos discursos sobre política internacional hermosos, elocuentes y un poco vacíos, que prodigaba en sus primeros tiempos en la presidencia.
Con los ojos del lobby proisraelí y de la derecha conservadora clavados en él por la cuestión palestina, se sabía obligado a hacer un discurso para su audiencia doméstica, incluso a costa de decepcionar al resto del mundo.
Y en eso no decepcionó: en que decepcionó mucho. En pocas palabras: ayer Obama echó la llave a su política internacional, relegada ahora al cuarto de las escobas junto con su diploma de Premio Nobel de la Paz. A partir de ahora todos los esfuerzos del presidente van dirigidos a no dejar de serlo.
Fue un Barack Obama muy diferente de aquel que intentó galvanizar a la juventud árabe en su famoso (y ya olvidado) discurso de El Cairo del 2009. Celebró la Primavera Árabe, pero ahora ya con sordina, consciente de que el proceso le debe poco y le ha sobrepasado. Mencionó una por una las revueltas, pero sin hacer alusión a las de sus aliados Arabia Saudí y Baréin.
Cuando habló de Libia, la más sangrienta de todas, tuvo que retorcer la realidad hasta extremos de contorsionismo: «Gadafi se ha ido» ?dijo? «y con él se ha enterrado la idea de que el cambio solo puede llegar mediante la violencia».
Contradicciones
Inevitablemente, fue un discurso plagado de contradicciones. Solo habló con claridad cuando se refirió a la pretensión de la Autoridad Palestina de ser recibida como miembro de pleno derecho en la ONU: dijo que no. No detalló el porqué, porque el motivo no puede reconocerse de una manera expresa.
El motivo es solamente que Israel se opone. Obama no lo explicó pero lo dio a entender de una manera muy gráfica cuando habló de la relación estrecha, íntima, que une a Israel y Estados Unidos, en términos casi románticos. Simplemente, Estados Unidos no puede contradecir a Israel. Sin pretenderlo, Obama vino a demostrar de este modo por qué los palestinos no pueden seguir confiando en su mediación.
Fue irónico, porque hace un año, justamente en este mismo foro, Obama había declarado solemnemente que para el 2011 esperaba recibir a Palestina como nuevo Estado miembro de la ONU. Incluso en el discurso mismo que estaba pronunciando, hacía un elogio del multilateralismo. Pero no para este caso. Llegó incluso a ofender a la institución en la que estaba hablando al decir que «la paz no llegará porque lo diga una resolución de la ONU».
Obama habló del sufrimiento de los israelíes. No se habló de ningún otro sufrimiento. Los delegados palestinos sacudían la cabeza, decepcionados. Pero lo curioso es que no era Palestina la que parecía débil en ese momento, en ese anfiteatro del mundo que es la Asamblea General de la ONU. Era Barack Obama, el hombre más poderoso del planeta, quien daba la sensación de no ser libre, y de haber perdido incluso el último de sus poderes: la magia de la palabra.