«Son negros, no son libios, Gadafi los trajo para matarnos», argumentan
03 sep 2011 . Actualizado a las 06:00 h.«No he hecho nada, solo vine desde Ghana a trabajar». Esta es la única frase que logra pronunciar uno de los 50 subsaharianos que permanecen detenidos en el interior del club deportivo Bab Bahar, frente al puerto de Trípoli. Inmediatamente, los milicianos rebeldes que los custodian interrumpen la conversación. «Ya es suficiente», insiste, de forma agresiva, Ali Mohamed, guardia armado de 22 años.
No quiere que la versión del preso contradiga sus argumentos. Desde la irrupción de los insurgentes en la capital libia, las detenciones de ciudadanos de raza negra se multiplican. Los sublevados aseguran que son mercenarios que combatieron junto a los leales a Muamar el Gadafi. Con esta excusa los arrestan, los encierran y luego los investigan. Podría haber hasta 5.000 prisioneros. Organizaciones como Amnistía Internacional o Human Rights Watch ya han denunciado abusos e incluso ejecuciones.
«Es inocente, pero lo detuvieron por la noche», dice Salwa Aisa, que lleva dos años en Trípoli, de su marido Abdallah, que fue arrestado 24 horas antes. Ahora, espera frente al improvisado centro de detención para llevarle agua y comida. Según explica, ambos son del Chad y residían en la medina tripolitana.
Cada noche, patrullas armadas ponen en custodia a los hombres subsaharianos que se encuentran en su camino. Esto les ocurrió a Mohamed Luca Yousef e Ibrahim Allah Zouk, tíos de Zeina Mohamed, una mujer menuda que permanece en el exterior de Bab Bahar. Nació en el Chad, pero lleva más de 20 años en Libia, la mayor parte del tiempo en Sabha. Reivindica la inocencia de sus familiares, pero los miembros del consejo local, como Abdelhamid Abdelhakim, la ignoran.
«No es libia», argumenta con desprecio el representante libio, apoyado junto a la puerta, en cuyo suelo se ha colocado una alfombra con el rostro de Gadafi para que todos los visitantes tengan que pisarla.
El argumento del color de la piel es un recurso habitual. «Son negros, no son libios. Gadafi les dio la nacionalidad y los trajo para matarnos», asegura Abdelhakim, que niega hasta la validez del pasaporte que esgrime Zeina. La prueba que exhibe este hombre corpulento que se encara insistentemente a la docena de mujeres ataviadas con ropas tradicionales es un teléfono móvil. En él se pueden ver soldados de raza negra preparándose para el combate. «Los estamos tratando bien», se defiende. Tampoco quiere que los presos hablen. Si tienen suerte, serán liberados. Si no, pasarán a la cárcel. Optar a un juicio justo parece una utopía.