Irán, Arabia Saudí y Turquía intervienen en la crisis para aumentar su poder en la zona
26 jun 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Un informe reciente de la inteligencia turca sostiene que entre seis y siete millones de los 22,5 que tiene Siria participan en las revueltas o las apoyan, una parte de ellos armados y con financiación procedente de Arabia Saudí. La dictadura habría perdido el control de un tercio del territorio en los cien días que duran las protestas. Pero lo que habría perdido, sobre todo, es cohesión.
Una facción encabezada por Maher, el hermano menor de Bashar al Assad que manda en la Guardia Republicana, la fuerza de élite que lleva el peso de la represión, es partidaria de fiar su futuro a la protección iraní. En el lado opuesto, otro sector a cuyo frente se encontraría Rami Makhlouf, el primo multimillonario de Bashar conocido como Mr. 5 % y Mr. 10 %, dependiendo de la comisión que perciba, no ha perdido la esperanza de un arreglo reformista tolerado por Occidente.
La pugna, que habría dado lugar a episodios chuscos, como cuando Maher sacó la pistola y disparó contra el vicepresidente Farouk Sharaa, se estaría decantando del lado iraní, cuyos agentes han perfeccionado un know how represivo especialmente eficiente en las redes sociales. Pero el pulso dista de estar resuelto.
Hay una franja importante de la sociedad siria que no está con los rebeldes, pero tampoco comparte la brutalidad que se utiliza en su contra. Esta dicotomía es lo que explica la aparente esquizofrenia en el comportamiento de Bashar, quien no deja de prometer reformas, anunciar amnistías y proponer diálogos al tiempo que lanza los tanques contra la población y da carta blanca a los francotiradores para que hagan puntería con los manifestantes.
Aniquilación por goteo
La situación, que según la ONU habría causado un mínimo de 1.100 muertos entre el 15 de marzo y el 15 de junio, aunque otras fuentes elevan la cifra a 1.500, puede definirse como una masacre a cámara lenta. El régimen sirio tomó buena nota de la reacción internacional ante el sadismo desmedido de Gadafi, que hizo temer un nuevo Sarajevo si llegaba a adueñarse de Bengasi, y optó por una estrategia de aniquilación por goteo que tiene en cuenta cómo funcionan los ciclos informativos en Occidente. Evita los titulares escandalosos y confía en la fatiga de la opinión pública, sin dejar de ser monstruosamente letal.
Como resultado, las revueltas de Siria representan el lado más trágico de las cuatro corrientes en que los analistas han subdividido la primavera árabe, junto con Libia y Yemen. En el primer grupo hay que situar a Egipto y Túnez, los dos únicos países que consiguieron librarse de sus déspotas, aunque ahora avanzan hacia la democracia a ritmos distintos y con más dificultades en el país de las pirámides. El segundo comprende a las dos monarquías que han emprendido reformas antes de que el malestar se dirija contra ellas, Marruecos y Jordania, mientras que el tercero rota en torno a Arabia Saudí. Se caracteriza por el inmovilismo y la fuerza, como demuestra la invasión del patio trasero, Baréin, cuando estaba en peligro la primacía suní.
Entonces, ¿por qué no hay una resolución de la ONU similar a la de Libia si la situación de Siria se le parece tanto? Una respuesta es que no tiene petróleo. Otra es que las potencias occidentales están demasiado enfangadas en su guerra con Gadafi para enzarzarse ahora en otra contienda. No se puede olvidar el veto de Rusia, país en cuyas academias militares se formaron oficiales y jefes sirios durante la guerra fría.
Otro motivo igualmente importante, sin embargo, es que Siria se ha convertido en el campo de batalla en el que miden fuerzas tres países que luchan por ser potencias en la región: Irán, Arabia Saudí y Turquía. Para Teherán, es fundamental la permanencia del clan de los Assad porque le garantiza el acceso al Líbano, donde Hezbolá garantiza a los iraníes un enclave mediterráneo. Riad quiere impedir que se consolide ese corredor chií y maniobra a través de células yihadistas mientras Turquía tarifó con Damasco al comprobar que no seguía sus consejos reformistas y convertía lo que eran simples demandas de participación en un avispero ingobernable. Una escalada internacional a mayores haría temblar esa parte de la tierra.
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