de las tres opciones barajadas por la Casa Blanca para matar a Bin Laden, Obama se inclinó por la más arriesgada: enviar en helicóptero desde Afganistán a un selecto grupo de soldados, una operación que descansaba en los hombros del almirante William McRaven, uno de los mayores expertos en la caza de terroristas del Ejército de EE.?UU.
El secretismo impuesto por Washington en torno a la identidad de los militares implicados en la operación Gerónimo no ha afectado a este tejano que durante más de dos meses dirigió el intensivo entrenamiento del Equipo 6 de los Seals y a quien los expertos no dudan en colgarle las medallas por el «éxito» obtenido.
En realidad, McRaven se había estado preparando para este momento la mayor parte de su carrera. Como líder del secreto Comando de Operaciones Especiales Conjuntas, el militar supervisaba las persecuciones de los líderes talibanes en Afganistán y de las figuras de Al Qaida en todo el mundo.
Solo dos días antes de la misión, McRaven recibió luz verde del jefe de la CIA, Leon Panetta, para lanzar el ataque en la primera oportunidad en que fuera posible. Ese mismo día, se reunió con una delegación de seis miembros del Congreso que casualmente estaban de visita en Afganistán. Les dio una vuelta por la base de Bagram (desde donde dirigió el operativo), sin que los legisladores llegaran a saber que se estaba preparando la misión.
En septiembre del 2009, McRaven negoció un acuerdo con el presidente de Yemen, Alí Abdalá Saleh, para llevar a cabo misiones secretas contra Al Qaida en la península Arábiga, una filial de la red de Bin Laden que algunos dicen se convirtió en la principal amenaza para EE.UU.