Al temor a los proyectiles se suma la escasez de alimentos y electricidad
06 may 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Ahmed Tagoimi, de 46 años, es un pastor de Misrata que un día de mediados de febrero se despertó y comprobó que ya no podía acceder hasta su rebaño, aislado por los combates entre rebeldes y partidarios de Gadafi. Pero Tagoimi, que se había dejado su dinero en las 300 ovejas que pastaban en la entrada oeste de la ciudad sitiada, no se dio por vencido. Durante una semana se levantó a las cinco de la madrugada para recuperarlas.
«Los tres primeros días lo intenté con el coche, pero los rebeldes me impedían el paso, argumentando que había enfrentamientos», explica desde la casa de su hermano Mohamed, ahora refugio para 62 personas de once familias de Misrata.
«Cuando comprobé que con el coche no podía llegar, decidí hacerlo a pie. Caminaba tres kilómetros diarios para intentar llegar hasta el rebaño». Finalmente, Ahmed el obstinado logró hacerse con sus ovejas.
Desde hace más de dos meses, decenas de proyectiles castigan a diario el centro de Misrata. La ciudad rebelde, a 215 kilómetros de Trípoli, se ha convertido en el principal foco bélico del conflicto en Libia. Cerca de 300.000 personas sobreviven en una villa ubicada entre el mar y el desierto y en la que ya se amontonan más de millar y medio de víctimas.
Los titulares se centran en las fracciones de segundo que tardan los Grads en abrir un cráter de metro y medio de diámetro. Pero la mayor parte del tiempo transcurre sin que caiga nada a tu alrededor. Son los momentos en los que la población trata, simplemente, de sobrevivir.
«Tenemos miedo. Primero fueron los milicianos de Gadafi, que querían matarnos a todos. Ahora son las bombas».
Abdelaziz Omán, arquitecto, acude al único supermercado abierto, con su amigo Mohamed Taisef, estudiante. «Pasamos el día encerrados en casa, sobre todo las mujeres y los niños. Nosotros tenemos que salir a la calle porque no hay comida, aunque es muy peligroso», explica Omán.
Asalto de viviendas
Hace dos semanas, los combates se concentraban en torno a la calle Trípoli, la principal arteria de la localidad, ahora devastada. Pero el cambio de estrategia de Gadafi, que sacó a sus soldados para bombardear la ciudad, ha dejado a sus habitantes a merced de los proyectiles.
El recuerdo de los primeros días, cuando las tropas de Gadafi asaltaron las viviendas y causaron decenas de víctimas, provoca casi más terror que las explosiones. «Si voy allí [a su casa], me matarán. Cuando llegaron los milicianos, cogí el coche y solo me preocupaba cuál era la carretera más segura para huir», señala Taisef. Ante esta situación, la mayoría de los lugareños han buscado refugio en los 15 kilómetros que van desde el puerto hasta el frente, la zona controlada por los rebeldes.
A las bombas diarias, que suelen caer a partir de las 13.00 horas y desde las 19.00, se le suman las restricciones de luz y la escasez de alimentos. «El consejo nos ha repartido comida en dos ocasiones durante los 60 días de asedio», protesta Mohamed Tagoimi. Mientras habla, se escuchan nuevas explosiones. Parece que estas han caído lejos. Además, los oídos de los habitantes de Misrata han terminado por acostumbrarse.
crónica la ciudad rebelde sitiada por las tropas de gadafi