Cuando hace un par de meses comezaron las revoluciones en el mundo árabe, Bashar al Asad aseguró que Siria sería inmune y como única medida de emergencia envió a su mujer, Asma, a que le hiciesen un reportaje en Vogue. Se supone que eso debía bastar como gesto de modernidad. Pero no ha sido así. La revuelta ha prendido también en Siria y Al Asad se enfrenta al mismo dilema al que antes que él se enfrentaron Ben Alí, Mubarak, Saleh y Gadafi: represión o concesiones. Su mote (Al Asad no es un apellido sino un apodo) que significa ?el león?, pero él simplemente lo heredó de su padre, que no tenía dudas en estos casos (en 1983, en Hama, hizo matar a miles de islamistas que se habían sublevado contra él). Bashir ni siquiera estaba destinado a sucederlo, hasta que su hermano mayor murió en un accidente, y su pasión no era el poder sino el coleccionismo de sellos. Por eso la multitud gritaba ayer más bien contra su hermano Maher, la mano negra de la represión en Siria, mientras que Bashir intentaba apaciguar los ánimos con unas ridículas ofertas de microreformas. Represión y concesiones a la vez, pues. A nadie le han funcionado por separado. Difícilmente funcionarán juntas.