Amenaza con sustituir a las petroleras occidentales por chinas e indias
03 mar 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Vestido con una túnica de rayas negras y blancas y luciendo un turbante color café, Muamar el Gadafi habló ayer durante tres horas ante sus delegados, que expresaron con gritos su amor por el líder. Fiel a su fama, llegó al acto en Trípoli por el 34.º aniversario de la instauración en Libia de la Jamahiriya, el Estado del pueblo, a bordo de un coche de golf, seguido por unos diez todoterrenos repletos de guardaespaldas armados.
En un discurso menos apasionado y más sereno que en sus tres anteriores intervenciones, el coronel defendió con ardor su control sobre Libia, pero eso no evitó que lanzara serias amenazas a sus antiguos aliados. «Miles de libios morirán si Estados Unidos y la OTAN intervienen», advirtió.
También esgrimió la amenaza del petróleo, por el que aseguró su país está dispuesto a «morir», advirtiendo que puede optar por sustituir a las petroleras occidentales por compañías de China e India. «Moriremos todos por defender el petróleo y aquellos que lo amenazan deben comprenderlo», dijo. Reconoció que la producción se encuentra en su nivel «más bajo» por la salida del país de los empleados extranjeros, tras el inicio de la revuelta.
Ante un auditorio que lo ovacionaba, insistió en que no ejerce un poder real y que, por tanto, no puede dimitir -«Gadafi es un símbolo», dijo- y que no abandonará «nunca» el país. También juró que sus fieles resistirán «hasta el último hombre y la última mujer».
El dictador volvió a agitar el espectro de Al Qaida como responsable de la rebelión, aunque por primera vez se refirió al grupo Al Qaida en el Magreb Islámico (AQMI).
Los países de la OTAN seguían ayer divididos sobre la conveniencia de una acción militar en Libia y en particular sobre la imposición de una zona de exclusión aérea, una operación muy compleja que algunos aliados temen que enfurezca al mundo árabe. Francia y Turquía se oponen. Washington y Londres podrían decidir seguir adelante con la zona de exclusión aérea sin el aval de la ONU ni de la OTAN, como fue el caso en Irak en 1991, tras la primera guerra del Golfo. Pero a riesgo de abrir una crisis diplomática internacional y reavivar las divisiones trasatlánticas que surgieron durante la invasión de ese mismo país en el 2003.