Alas nueve y media de la mañana de ayer Dulce Fernández Lamas recibió una llamada en su domicilio del municipio coruñés de Narón. Era su marido, el ferrolano José Manuel Marín Rico, uno de los tres gallegos que en aquellos instantes permanecían atrapados en un carguero en la capital de Libia, en medio del conflicto que está desangrando el país norteafricano. «Estamos listos para zapar a aguas internacionales, si no llamo es que todo va bien», le dijo este veterano marino de 63 años a su mujer, quien esperó durante todo el día una comunicación que «afortunadamente» no se produjo. La falta de noticias en este caso era una buena noticia.
«Doy por hecho que ya está sano y salvo en alta mar. Allí no tiene cobertura en los teléfonos móviles y por eso no puede hablar», indica Dulce Fernández, quien agrega: «Por fin salió de aquel horror. Se acabó la pesadilla».
De todos modos, la mujer reconoce que no estará «plenamente tranquila hasta que no lo vuelva a ver en casa». Algo que puede demorarse «más de lo que quisiera», porque el Corregidora, el buque cementero en el que se encuentra embarcado José Manuel Marín Rico, junto a un vecino de Cedeira y otro de A Pobra do Caramiñal, carecía ayer de un destino definido.
Malta, una opción más
En principio, se había especulado con que el barco, que tiene bandera de Venezuela, pondría rumbo a Malta, pero a primera hora de la mañana tan solo era una opción más entre las que también se estudiaba la de buscar una zona tranquila donde fondear y esperar instrucciones de la compañía propietaria del carguero.
Marín Rico llegó a Trípoli el pasado 18 de enero como parte de la dotación del Corregidora, que integran 35 personas. Iba a pasar en Libia cerca de tres meses desarrollando trabajos de carga y descarga de cemento. Para él no era un puerto desconocido, ya que había estado hace seis meses en otro barco.
Tanto en la primera como en la segunda ocasión, nada hacía presagiar el estallido de la revuelta.