Los oleoductos de la ira

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

La ira que alimenta la revolución libia solo es repentina en apariencia. En realidad, ha estado abrevándose en silencio durante años. Una de sus fuentes subterráneas empezó a manar en 1993, cuando un grupo de oficiales del Ejército, aliados con rebeldes islamistas, intentaron derrocar a Muamar el Gadafi. Fracasaron y, tres años después, Gadafi hizo ejecutar en la prisión de Abu Sulaim a mil doscientos de los que habían participado en la revuelta. Los oficiales pertenecían a la tribu Magraha. Los islamistas, a la tribu Warfalla, la mayor del país.

Warfalla era también el antiguo rey Idris al que Gadafi depuso. Por eso nunca llegaron a aceptarlo del todo. El coronel, cuya tiranía se asentaba (ahora se ve) sobre un castillo de arena, solo logró mantener un equilibro por medio del soborno y la represión. Pero soborno y represión tienen sus límites: la sangre y el oro fluctúan en su cotización. Si hay demasiada represión, no hay soborno que lo pague.

Matanza carcelaria

Es lo que ocurrió hace una semana, cuando la policía disparó contra una manifestación de familiares de los muertos de aquella matanza carcelaria de 1996. Sucedió en Bengasi, la zona de los warfalla, y por eso la revuelta empezó justamente ahí, y no en Trípoli. Por eso también una parte del Ejército se ha unido a la revolución: muchos son magraha, la tribu de aquellos oficiales que Gadafi hizo ejecutar.

Otra tribu libia, más bien pequeña, son los az-zintan. Son viejos aliados de los warfalla desde los tiempos de las caravanas. Pero, a diferencia de estos, los az-zintan viven en el oeste del país, en la zona de Trípoli. Eso explica que esta haya sido la primera ciudad occidental en sumarse a la rebelión. En Libia, la ira fluye, como el petróleo, por conductos semienterrados en la arena.

Si la tragedia libia fuese una obra de Valle-Inclán, a Gadafi se le habrían aparecido ya, esta noche, los fantasmas de la prisión de Abu Sulaim, para recordarle que la sangre que él derramó corre por las venas de los que van a por él.