Los lemas de las cumbres latinoamericanas tienen tendencia a resultar irónicos, y el de este año, «Educación para la inclusión social», no ha sido una excepción. La inclusión ha fallado bastante, vistas las incomparecencias de líderes, y un poco también la educación, toda vez que las revelaciones de Wikileaks dejan al descubierto la manera poco cortés en que se tratan unos a otros esos mismos líderes en privado. Si este tipo de encuentros estaba ya en crisis, el desnudo total de la diplomacia lo ha convertido en la nochebuena de una de esas familias que se llevan mal y empiezan a ajustarse las cuentas en el segundo plato. Ahora se sabe, entre otras cosas, que Argentina ha conspirado con Estados Unidos para debilitar a Evo Morales, que Cuba espía en Venezuela y que España piensa que Cristina Fernández es corrupta y populista (no como Washington, que cree que está loca).
En este ambiente cargado, algunos asistentes casi habrán agradecido las ausencias. El venezolano Chávez pudo justificar la suya con unas inundaciones, Morales, con una excusa de tenista (su supuesta operación de rodilla) y Zapatero, con la crisis económica; mientras que Daniel Ortega ni siquiera se ha molestado en pensar una disculpa.
El luto riguroso con el que Cristina Fernández inauguró el encuentro, luto que estaba motivado por el fallecimiento de su marido y antecesor en el cargo, Néstor Kirchner, parecía que iba también por esta cita cada vez más devaluada.
Pero al margen de estos problemas de la puesta en escena, la cumbre no deja de reflejar un cierto optimismo. La crisis ha golpeado relativamente poco a Latinoamérica y se espera que sus economías la hayan dejado atrás del todo dentro de unos pocos meses. Otra cosa es el futuro de ese crecimiento que, por el momento, está basado en muy gran medida, quizá demasiado, en la exportación de materias primas (sobre todo en dirección a China). A diferencia de Wikileaks, este diagnóstico agridulce del estado del continente sí que no es ningún secreto.