Correa y la boca del lobo

Leoncio González REDACCIÓN/LA VOZ.

INTERNACIONAL

La revuelta de la policía de Ecuador es inaceptable, pero el presidente debe explicar por qué excitó más a los agentes

02 oct 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Vaya por delante la condena más rotunda del proceder de los policías amotinados en Ecuador. La forma en la que se defiende una causa es tan importante como su fondo y si, como es el caso, no se ajusta a ciertas normas básicas, acaba despojando de razón a quienes la promueven. Lanzar bombas de humo contra un presidente democráticamente elegido y humillarlo sitiando el hospital en el que se repone es una desmesura inaceptable que solo se remedia haciendo caer todo el peso de la ley sobre los autores. La acción de la Justicia no se puede limitar a los energúmenos que pusieron en riesgo la vida de Correa, sino que ha de incluir también a quienes los alentaron desde atrás.

No obstante, esto no exime de análisis lo ocurrido ni libra de dar explicaciones al presidente ecuatoriano sobre su conducta. Solo a título de ejemplo, y sin que sirva para establecer paralelismos indebidos, imaginemos por un momento que nuestro presidente del Gobierno se hubiese presentado de improviso en la manifestación que hace unos días celebraron en Madrid un grupo de guardias civiles enfadados por sus condiciones laborales. ¿No hubiese contribuido a exaltar aún más los ánimos con su presencia?

Y puesto que solo estamos imaginando, supongamos además que, al ver que no era bien recibido por los guardias y que estos lo abucheaban, perdía la dignidad institucional y se ofrecía como víctima propiciatoria para que lo mataran allí mismo. ¿No deduciríamos, como mínimo, que estaba sobreactuando? ¿No se llegaría a la conclusión de que buscaba provocarlos?

Sin duda, se puede encontrar una explicación mejor intencionada diciendo que en el cono sur las cosas no son iguales ni tan racionales como en la vieja Europa. La premisa central de este argumento es que allí la comunicación entre el poder ejecutivo y la base de la sociedad no está tan poblada de intermediarios y representantes como aquí, por lo que Correa habría predicado con su propio ejemplo las virtudes de la democracia directa por la que aboga al exponerse y dar la cara ante sus detractores.

Pero el desenlace del presunto golpe nos obliga a ser cautos sobre esta versión. El caos que siguió a la sublevación otorga al mandatario un margen de actuación del que carecía antes de su visita al cuartel de la policía.

Le dio la excusa para decretar el estado de excepción sin parecer extemporáneo. Le permite desactivar la protesta de los uniformados y empitonar a sus líderes, limpiando de paso a la policía de elementos incrustados en etapas anteriores. Rompe, al menos momentáneamente, el cerco al que estaba siendo sometido por la oposición en el Parlamento y puede exigir a los los suyos que estaban descontentos con actuaciones recientes que vuelvan al redil. Si esto no fuera poco, lo envuelve el manto protector de la solidaridad mundial y recibe un espaldarazo internacional apabullante.

Lo menos que se puede pensar es que, cuando se metió en la boca del lobo, Correa ya sabía que existía una vía de escape y que le aguardaba un horizonte en apariencia más despejado si salía por allí.