Las apariencias no engañan


La historia de los Miliband es más pintoresca aún de lo que ya parece, y contiene muchas enseñanzas sobre lo que se ha dado en llamar la crisis de la izquierda. Hijos de un teórico del marxismo y de una activista muy radical de izquierda, ambos hermanos abrazaron el brusco giro a la derecha que supuso el New Labour de Tony Blair, incluso a costa de que su padre los desheredase ideológicamente poco antes de morir. En realidad, y hasta hace pocos meses, no conocieron en su carrera política otra cosa que el poder, que no fue para ellos sino una prolongación de una infancia privilegiada en el elegante barrio de Primrose Hill, y una juventud todavía más privilegiada en el colegio Corpus Christi de Oxford. Suele decirse que las apariencias engañan, pero lo cierto es que estadísticamente más bien es cierto lo contrario. También en el caso de los hermanos Miliband. Estas semanas los analistas se han esforzado por jugar al juego de las diferencias con ellos: que si David es más el heredero de Tony Blair y Ed el de Gordon Brown, que si el segundo está más a la izquierda que el primero... Pero la realidad es que ambos fueron tanto hombres de Blair como de Brown, que las diferencias ideológicas entre estos dos eran ya mínimas y que las diferencias entre los propios hermanos son tan microscópicas como lo ha sido el tanteo en votos de las primarias.

¿Qué significa, por tanto, la victoria de Ed Miliband sobre su hermano? Fundamentalmente, que el Partido Laborista sigue controlado por el aparato que diseñó y alimentó Blair, el mismo que heredó Brown y el mismo que lo condujo al desastre en las elecciones. Es un engranaje del que el partido no sabe cómo prescindir, sin embargo, porque, como los hermanos Miliband, la mayoría de los militantes tampoco han conocido otra cosa que el poder. El Partido Laborista, simplemente, no termina de entender que ha perdido y que se encuentra en la oposición. Suele ocurrir. Sucede cuando una formación política gana demasiadas elecciones seguidas y de repente pierde: surge entonces una nostalgia del poder, un culto de lo que hubo frente a un análisis realista de lo que podría llegar a haber. Salvo catástrofe de la coalición liberal-conservadora, parece que a los laboristas los espera una larga temporada en la oposición.

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